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Alfred Nobel

 

BRUNILDA
Autor: Nuria Amat

 

Brunilda es la hija preferida de su padre. Ello la ha favorecido para resultar aún más bella, fuerte, luchadora y apasionada que sus hermanas. Muchos quisieran para sí el único inconveniente de que padece la envidiable Brunilda. Su padre la quiere demasiado y esta admiración paterna la perjudica. Quiere zafarse del peso del amor paterno entregando vida y alma a grandes cosas. Tarea vana. ¿Cómo encontrará Brunilda el amor de un hombre que supere el amor extraordinario que le manifiesta su padre?
Esta devoción es su castigo. Brunilda ama y ama inútilmente. El amor exagerado del padre la hace inaccesible a otros hombres y, por lo tanto, única e inútilmente deseada. Propicia amores incestuosos o injustos. Propicia el amor de aquellos impedidos para amar y así poder amar ella finalmente. Es una forma de protestar contra el padre responsable de mantener con su rebelde hija la pena de un amor injusto.
El amor del padre sume a Brunilda en un largo sueño del que sólo despertará cuando un héroe más libre que él, que es como un dios, logre cruzar la línea de fuego dormido que la arropa. Así, anestesiada por sobredosis de afecto, intenta mientras tanto divertirse como puede. Ama a hombres sin futuro. Se enamora de exóticas rarezas que regresan a su vulgaridad cuando Brunilda los aleja. Ellos abandonan a Brunilda por una mujer más apropiada. Los amantes se sienten víctimas de un experimento, de una insana forma de llevar la contraria al padre: sólo le atraen jóvenes de raza negra o, por lo menos, mestiza. La valquiria Brunilda, rubia como el sol del invierno, ha optado por la raza opuesta. Sabe que con esa elección modifica y envejece al padre. Y nada puede hacer para evitar su afición por mulatos, molucos y surinameses. Los pasea, los enseña, los introduce en casa del padre donde les concede parte de su cama. Brunilda que no es fiel a un hombre lo es con mucho a una raza. Y eso basta.
Brunilda es una viajera nata. Conoce los tres mundos. Su arma es una cámara fotográfica que le permite vivir y fotografiar África eterna. DIce siempre que se va para siempre y siempre vuelve. El cerco amoroso de su padre la tiene a pesar suyo acorralada. Ahora es Phil el amor que se ha traído de una isla del Caribe para contrariar a su padre. Ha puesto en este amor su pasión, sumada a la pasión desmedida que le manifiesta el malherido padre.
En ocasiones se le ocurre poner en una balanza de un lado el amor y del otro su cámara fotográfica. La fotografía siempre pierde. Y sin embargo es una buena fotógrafa. Y una esplendorosa amante. El amor la entretiene demasiado para conseguir un trabajo artístico notable para lo que es sobradamente capaz. Pero no vive para el sentimiento. Su arma luchadora se lo impide. Retrata el amor que nunca acaba de poseer del todo para que otros lo disfruten eternamente.
Si el padre desea su propio fin es porque espera con él la llegada del héroe libre que salvará a su hija. ?Nunca encuentras al hombre que te mereces?. Con su muerte tal vez Brunilda obtenga la paz y al acompañante que ella necesita. Gracias a esta devoción, el padre acepta morir. Postrado en el lecho de muerte tiene un sueño. Un joven rubio y fuerte llamado Sigfrido se enamora de Brunilda y la libera para siempre del duro castigo paterno. Se casa con ella.
En un último arrebato de celos, el padre se levanta de la cama y escribe una carta a su adorada hija. Horas después muere sumido en una calma incierta.
Brunilda cuando encuentra el sobre a ella dirigido cae en la nueva trampa de su padre. Lee su escritura ignorando que en esta conversación secreta Brunilda está firmando un insensato pacto con el más allá. A partir de ahora tendrá que permanecer fiel a los desaforados celos de un muerto.

(De El siglo de las mujeres , 2000).