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Alfred Nobel

ALGO MÁS QUE PALABRAS

SE PRECISAN CULTIVADORES DE BELLEZA
EN LA NUEVA NACIÓN EUROPEA

Víctor Corcoba Herrero
Escritor

A la nueva territorialidad Europea que ahora nace, le falta esa alma que transmite el auténtico cultivador de belleza. A mi juicio, faltan jardineros capaces de comunicar la fascinación de unir pueblos, vidas y costumbres. La ovación de brindis por el hermanamiento ha de llevar consigo una renovación, más del corazón que de mercado. Es preciso suscitar otras trascendencias y otros tronos, que nos tornen más humanos. El continuo torno de intereses mercantiles, que tanto diluvia actualmente, donde todo se compra y se vende, nos deja sin aliento para respirar la vida en libertad. Está verificado, por la viva realidad, que las riquezas de la tierra nos enriquecen de odio y nos empobrecen el amor, porque amar para poder, es amar para sí mismo, no para los demás.

Una libertad que no consiste en ser una gran potencia mercantil, sino en otra fuerza, más mística que física, aquella loada por labradores de universos que nos abren sus horizontes de esperanza. Es necesario forjar la nueva unidad, para que sea perenne, en los valores escritos en la naturaleza misma, en el corazón de esas gentes que, aunque distintas, nos entronca idéntica existencia. En esa casa común europea se requiere sembrar perdones y asombrar con incondicionales entregas, cooperar a ser una familia de puertas abiertas y de cerrojos quitados. Sólo así se ensanchan los territorios, desde la solidaridad, que no se define, se demuestra.

A veces los hilos del poder, nos dejan helados. Se apoderan a su antojo del ser humano. Nos dejan sin los pétalos de la verdad y de la justicia. Todavía el bien del individuo no se hace extensivo a todos. Eso nos comprime la universalidad, nos exprime la paciencia, y nos imprime la furia. A los marginados, se les margina y no se les emerge. Nada producen, nada rentan, nada importan. A lo sumo, se hace negocio con su pobreza, para quedar bien y ganar votos. Se les dona unas migajas de sobrantes del capítulo social, siempre inferior al gasto de vida social, comilonas y demás aditamentos inconfesables, que suelen hacer, con gran caradura, los que ostentan influencias. Pienso que, aún existen demasiadas opresiones y represiones, las de capital y las de interés, sombras que nos ensombrecen los jardines del gozo en la Europa mejorada.

Por ello, a pesar de la alegría que nos transmite que seamos más en la Unión Europa, sería saludable para una consolidación más sólida, afianzar el cumplimiento de los derechos humanos, de los que tanto se parlotea en todos los foros. Por desgracia, en ocasiones, sólo queda en palabras, en buenas intenciones. Ofrecer la mano de la amistad, la ciencia de los hombres justos y la conciencia de los hombres libres, el alma de las almas que dijo Lope de Vega, es una buena manera de empezar a caminar juntos, –no lo niego, y de poder pensar en voz alta, porque si el afecto es sincero, como debe serlo, habrá estima y comprensión.

Crezca, pues, Europa. Pero, sobre todo, ascienda como alma. Que los poetas canten al amor de los amores, que los pintores pinten el color de los colores, que los sabios limpien las rivalidades históricas, que los escultores y arquitectos levanten firmamentos siderales, que los hombres dejen de tener hambre, y que el viejo continente sea un solo corazón bajo el reinado de la belleza, que lo es todo, el poema de la verdad, la pintura de la honradez, la cátedra de la paz y el lenguaje de la tolerancia. Así, lengua y habla, se funden en deseos luminosos. Iluminados en el amor, emanan el verso de una Europa, tan fraterna como eterna. Lo que sí debemos de atajar, son los ripios que nos repelen, el indiferentismo ético o el individualismo, provenga de donde provenga, un arte cruel que practican aquellos voceros sin entraña, que sólo ven a través del bolsillo. Con sus acciones, nos parten y apartan de la beldad, del deleite de la armonía, estética necesaria para vivir sin complejos, ni acomplejados.

Se ha aplaudido por todos, que la Unión Europea se acreciente, sin que suponga ninguna amenaza a su singularidad, celebrando con todos los honores, la diversidad multicultural. Lo de unidad en la diversidad, suena a poesía. Ahora esas palabras hay que laborarlas, practicarlas, producirlas, para que la elegancia que ha brotado de pensamientos, germine en paralelo a la sensación de Kavafis, cuando dijo: “contemplé tanto la belleza, / que mi vista le pertenece”. Es cierto. Nos place y nos complace la hermosura. Ser una familia en familias, donde todos valen por lo que son, no por lo que tienen. Lo malo es que la sociedad prosiga mirando hacia el lado del egoísmo y de la prepotencia. En vista de lo visto, demando maestros que transmitan la belleza de la alianza, que eduquen abriendo mentalidades comprensivas, quitando fronteras que nos enfrentan.

La Europa rejuvenecida de su envejecimiento, demanda, por muchos refrendos de alegría que ahora se nos transmitan, una unidad más poética que política, más servidora que servil, más de la persona que de la mercadería, donde resplandezca el rostro de la bondad y el rastro de la virtud. Ya se sabe, un tipo hermoso puede metérsenos por los ojos en un momento determinado, pero un buen corazón nos da la vida para siempre. Y eso, sí que es una verdadera gozada de regocijos.


 

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