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Alfred Nobel





 

ALGO MÁS QUE PALABRAS

PARA COMPRENDER
HAY QUE COMPRENDERSE

Hay figuras e instantes, voces y silencios, que se nos quedan grabadas para siempre. En mis adentros, permanece el semblante y la manera de ser de uno de los escritores del pasado, José Fernández Castro (recomiendo la lectura de su novela: “la tierra lo esperaba”- Edición: Austral), corazón siempre vivo y vivo humanista. Todo un señor, en el señorial término del lenguaje. O lo que es lo mismo, un caballero con estilo. Sus despedidas, tras intensos y extensos diálogos, donde jamás había una última palabra, ni un pensamiento que lo dijese todo de modo definitivo, acababan siempre de la misma manera: “¡cuídate mucho!”. A lo que yo añadía: “¡sobre todo por dentro!”. Ahora, que prosigo los parlamentos a través de sus libros y el eco de su voz, (silabario del pueblo, que iba consigo), me doy cuenta de nuestro propio abandono. Me pregunto: ¿por qué estropear nuestra vida que, en suma, es la suma de todos? Cerramos los ojos a la existencia, y nos desatendemos tanto, que nos hemos vuelto vacíos y viciados. Lo despreciamos todo, hasta el aprecio de querernos. Olvidamos que el amor no tiene precio y que las interpretaciones cuando no pasan por las entretelas del corazón, ponen en tela de juicio la autenticidad.

Interpretar la vida en la vida de los otros, como en la nuestra, no es nada fácil. Tampoco complicado, es cuestión de diálogo. Casi siempre es el gran ausente en los salones familiares y en los aposentos del ciudadano como tal. Díganme, sino, ¿quién está dispuesto a lanzar preguntas, en vez de balas y bombas, de abrirse a la palabra del otro para poder acercar posturas y llegar a ser uno mismo? Desde luego, para comprender, antes hay que comprenderse. El escritor Fernández Castro siempre fue una persona de principios y de coherencias, de respeto a las interpretaciones y de humanidad, por encima de todo. Lo contrario a lo actual. A poco que bebamos de la calle, veremos que vivimos en un vacío continuo y en un vicio, enviciado, que nos mata interiormente. El escritor proponía la sanación de raíz: “hay que parar esas tropelías o canalladas antes que se gangrene el aire” –me decía cuando algo no marchaba bien. Ante lo cual, nos poníamos en movimiento como guerrilleros de verbos. Y nos afanábamos en buscar el pensamiento exacto para aliviar los sufrimientos. En una ocasión levantamos una institución, tipo naciones unidas, en el Carmen del Alba, bajo el sello de “hombres y caminos”, dispuestos a todo, a ser archiveros de experiencias, saberes y creencias, y ponerlo en activo, como sembradores en continuo servicio a la humanidad, para combatir la pobreza, las enfermedades perversas, el cambio climático y las mentes de horchata. Otra vez, escritores de toda España, reunidos en torno al salón de independientes, llamaron a su puerta, y el Alba se convirtió en una Academia con la Alhambra al fondo y la sierra ensortijada de pureza.

El admirado maestro de la palabra, guerrillero de la verdad como pocos, filósofo de la Pezasca (en honor a su villa natal: la Peza), José Fernández Castro, (que para colmo de males, no tiene ni una calle en la ciudad que dejó su vida y, también para más absurdo, la medalla de la ciudad se le impuso después de muerto) me enseñó el amor a los viejos textos y el gusto por el análisis razonado, bajo el prisma de alegría y de belleza, de libertad y de sentido, de verdad y de bondad, que transmiten los genios del arte y de la palabra. Hoy, más que nunca, necesitamos arroparnos de una atmósfera que nos ayude a superar los muchos dramas que padecemos, generados por la ociosidad y apego a los cuantiosos vicios que nos esclavizan. Crear un nuevo pensamiento que nos llene, nos colme y calme, así como un nuevo humanismo que nos humanice, capaz de suscitar otras acogidas y de incitar a formarse en la paz, es lo que más se precisa en estos momentos. Es saludable para la salud del mundo mundial –que diría Manolito Gafotas-, calarse uno mismo en sí mismo y, reconocido internamente, hallarse en los demás para comprenderse y comprendernos.

Recuerdo que a Fernández Castro siempre le había sugestionado lo que le ocurre a la gente. Así lo cuenta en sus memorias: “En más de una ocasión, entre ir a un concierto, película o festejo, prefería hablar con cualquier tipo raro, ir un rato al hospital, la cárcel o al café para conocer a un artista o cortijero con temperamento. En una palabra: me agrada bucear en el alma de otras personas, saber cómo reaccionan en un momento dado”.

Siguiendo sus enseñanzas como buen discípulo, hice lo propio, y me puse a caminar, con los cinco sentidos puestos a punto, para mejor saber mirar y ver. Salí del Carril del Picón, rumbo al Callejón de las Tomasas, para concluir en el Mirador de San Nicolás. Con la mirada descubrí un rebaño de jóvenes tirados en el suelo, entre cristales y jeringas, con caras sucias y corazón triste. Los viandantes que pasaban por allí, todos cruzaban para la otra acera. Algunos querían correr, alargaban la mano y pedían ayuda, pero apenas tenían fuerza alguna para dar dos pasos sin traspiés. La gente no se inmutaba, seguía (más rápido si cabe) como si nada. Con el oído pude escuchar sus tormentos que atormentan al más optimista. El olfato me proporcionaba una juventud distinta a la de Rubén Darío, la del divino tesoro. Para nada entendí el gusto de gastar las horas bebiendo. Han perdido todo tipo de tacto y sus toques son de lo más escandalosos.

Una vez más me acordé de Fernández Castro. No tomaba más que café con galletas maría y, de vez en cuando, alguna cerveza con una tapa de “papas a lo pobre”, justo al lado donde han construido ahora la mezquita, en pleno Albayzín granadino. Los libros que ha publicado, más que afán literario, más que pirueta o bordado artístico, son puros testimonios, radiografías vivas, deseos de comunicación. Hoy, por desgracia, falta ese intercambio de ideas, que nos haga crecer más como personas. Nadie se hace así mismo, se hace con los demás y por los demás. Está visto que los éxitos no llenan y que, el tenerlo todo, vicia más que regenera. A Fernández Castro, fue precisamente la relación con los ciegos en la juventud, al ocupar el cargo de Interventor-Delegado del Consejo Superior de Ciegos, la experiencia que más despertó su levadura humanista, que hizo germinar su primer libro, bajo el título: “La sonrisa de los ciegos”. Por consiguiente, es buena vacuna para huir de los vacíos interiores y de los vicios íntimos, lo de donarse sin letra de cambio, nos serena y aclara, porque al fin y al cabo, los triunfos son transitorios mientras la fortaleza de la generosidad siempre fortalece.

Víctor Corcoba Herrero
-Escritor