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Alfred Nobel

 

ALGO MÁS QUE PALABRAS


URGE EDUCAR PARA EL AMOR

 

Reconozco que los episodios de violencia criminal que sufre hoy el mundo me producen viva amargura y me dejan sin aliento. Si analizamos los polvorines de guerras entre familias, los actos de terrorismo, las contiendas entre pueblos, no podemos dejar de interrogarnos, sobre la manera de salir de este absurdo calvario. Nadie puede permanecer pasivo, cerrando los ojos, ante el diluvio de hechos sangrientos que nos inundan. Degradan tanto el concepto mismo del ser humano, que podemos desaparecer en un santiamén. Por ello, todos unidos, debemos buscar los medios para que escampe y podamos sentirnos seguros de nuestra propia existencia. No se puede escatimar ningún esfuerzo, sobre todo de diálogo, para alcanzar el sosiego que el mundo hoy no tiene.

Hemos perdido la conciencia en tantos valores que el rumbo lo hemos perdido. Necesitamos poner un dique de contención a tantos despropósitos, que, desde luego, no se enmiendan con violencia, ni con guerras. Las brutalidades son un medio de destrucción. Sólo el amor construye. Convendría, pues, hacer examen interno. He aquí algunas preguntas que me hago yo mismo a mí mismo: Las declaraciones públicas y los comentarios emitidos por gentes que nos gobiernan, ¿hablan de acuerdos y armonía? La televisión que todos vemos, ¿es educativa? Los libros de texto de nuestros niños, de todos los niños del mundo, ¿enseñan los caminos del amor? La conversación que los jóvenes tienen con sus familias, ¿les preparan para el afecto bajo el efecto ejemplarizante?. ¿La Universidad educa para la vida? ¿Cómo se puede educar para la paz, si en vez de cultivar amor producimos armas descontroladamente?

Son muchas las preguntas y pocas las respuestas. Al enemigo hay que buscarle la vacuna para que se torne amigo. Y nada mejor que el amor, por encima de la legítima defensa. La cultura del amor borra la cultura del odio que tantos nos puede en el momento actual. Las guerras de los unos contra los otros no es la solución a nada, puesto que aviva la hecatombe. Necesitamos la adhesión para la paz, pero cuando el amor pierde su valor en la sociedad y su importancia en la vida pública, en las familias y en todos los entornos, los derechos humanos y las obligaciones de cada cual, quedan incumplidas. Sólo el amor calma y colma de bondad. Por ejemplo, no habría injusticias, discriminación e intolerancia, hacia esa multitud de gente desesperada que no tiene esperanza real de mejorar su vida y se la juega en una patera. Estos desajustes de amor incitan a la violencia e instan a las guerras. El mundo es de todos y para todos.

El amor, que podría definirse como el sosiego de la vida, es un deber fundamental de cada uno. Nadie está libre para no amar. Precisamos beber del amor para vivir en el orden; y así, poder contribuir cada uno en su medida, a la paz que tanto anhelamos, enmendando violaciones y abusos, rehabilitando víctimas y reconciliando a las partes agraviadas. La estrategia de construcción de una sociedad que crea en el amor hará florecer la cultura de la paz. Un amor que no admite armarse hasta los dientes. En esta contribución hacia el amor, hemos de aplaudir la labor de Intermón Oxfam, Amnistía Internacional y la Red Internacional de Acción contra las Armas Ligeras, por trabajar conjuntamente en la campaña “armas bajo control” para conseguir un Tratado Internacional sobre Comercio de Armas que ponga fin a esta situación. Este tratado crearía un acuerdo de obligado cumplimiento para regular el comercio de armas que permitiría prevenir los abusos y violaciones de los derechos humanos y reducir la violencia armada. Cada año, más de medio millón de personas en todo el mundo muere víctima de la violencia armada: una persona por minuto.

Por desgracia el desamor es todo un negocio. Las familias se disgregan, los abogados se forran. El mundo se arma, los intermediarios se ponen las botas. Olvidamos que la esperanza del futuro no vendrá de la disgregación, ni tampoco de ser el más fuerte de la selva; sino de la fraternidad humana. Nos falta el amor en tantas cosas, cuando cedemos a la indiferencia, nos hacemos marionetas de gobiernos corruptos, o seguimos el juego a modelos de comportamientos escandalosos. El amor es otra cosa muy por encima de las cosas que nos meten por los ojos, es comunión y comunidad, control y autocontrol, realización y acción; la esencia de la vida en definitiva. Sin amor, la vida no tiene sentido, y el mundo es un barco a la deriva.

Víctor Corcoba Herrero