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Alfred Nobel





 

ALGO MÁS QUE PALABRAS


DISLATES QUE NOS
DESHUMANIZAN


Ya nadie conoce a nadie, salvo que sea persona que pueda sernos útil. O sea que nos sirva para servirnos de ella. Ni los vecinos actúan en vecindad. Tampoco la familia permanece unida a los latidos. El matrimonio para toda la vida comienza a ser un amor imposible. El dislate es lo único que late. Se ha puesto de moda, el baile de los bichos, los chinches que chinchan, los zánganos que zarandean, los rebuznos como distinción y el corte de mangas como elegancia. Sálvese el que pueda. Con estos aires tormentosos, los arquitectos del mundo globalizado, lo tienen tan difícil como buscar una aguja en un pajar. Desde luego, si se aspira a un mundo que sea casa acogedora, sin cerrojos, habrá que acogerse a otros cultivos más éticos que los actuales y a otras estéticas más humanas.

Entre las prioridades básicas, la primacía de la persona sobre todas las cosas, es clave, la razón de ser, partiendo del respeto a las raíces de cada cual. Un buen propósito de enmienda pasa por humanizar la globalización y globalizar la concordia, que no puede espigar, sino somos verdaderamente solidarios y no meros figurines de la solidaridad. Las apariencias no sirven. Por desgracia, la mentalidad del mundo actual, premia más al pícaro que al honesto y al prepotente antes que al humilde. Se ofrecen muchas ilusiones, muchas parodias de la felicidad, bajo la tapadera de libertades que esclavizan. El mundo, que ya se nos queda chico, es un mundo que tiene desesperadamente necesidad de tomar otro rumbo, en el que se valore toda la vida humana, por el hecho mismo de su existencia.

Causa escalofríos ver cómo la violencia arrasa todos los espacios y hábitat. Hemos de ponerle freno con urgencia. ¿Para que sirven los progresos si luego actuamos como salvajes? A mi juicio, la solución no pasa por incrementar las penas, o por colocar a un policía en cada esquina. Más bien debemos crear, desarrollar y promocionar una auténtica cultura humana. Todos estamos llamados, unos en mayor medida que otros, a injertar en la sociedad y en el mundo las expresiones del buen estilo, de la tolerancia y el respeto. Sabemos bien cuán difícil es esta tarea, pero la brutalidad que tantas personas y pueblos continúan sufriendo, no puede tolerarse por más tiempo.

De ninguna manera germinará la paz, si las desigualdades se acrecientan y los que tienen que dar ejemplo no lo dan. El dinero público, el que aportamos todos con nuestro trabajo, ha de utilizarse para generar un mayor bienestar sin exclusiones. Para empezar, debemos apoyar y proteger, la igualdad entre los géneros. Que todavía dista mucho de ser una realidad, a pesar de tanto vocero. Las cuentas son las cuentas, y mientras las familias no llegan a final de mes, con esos mínimos vitales, un informe reciente, nos participa la opacidad y los enormes gastos de los partidos políticos. Claro, las comilonas, bautizadas como comidas de trabajo (¿?), valen un riñón y parte del otro. Nada de bocatas. A lo grande señores, que paga el papá Estado, del que formamos parte todos.

El equilibrio y la estabilidad para todo el mundo precisan del compromiso de todas las nacionalidades, a través de un pacto global para el desarrollo, que permita hacer llegar a todas las personas lo más básico para vivir. Necesitamos nuevas labores que nos emocionen y purifiquen. Ser más corazón. Contemplar la salida del sol y su ocaso, volverse más de la poesía, conmoverse ante la belleza gozosa de una aurora y el esplendor triunfal de un atardecer, sentirse vida de esa vida. En la antigüedad, después de que se ponía el sol, el momento de encender el candil en las casas daba un aire de alegría y comunión. Se compartían las experiencias vividas y se conversaba alrededor de la hoguera. Hoy en día, apenas si se habla. Los grandes seriales de violencia televisivos (tan reales como la vida misma) nos enmudecen. Para el hombre de ayer, más que para nosotros, la sucesión de la noche y del día regulaba la existencia, haciéndole reflexionar sobre los grandes problemas de la vida. Hoy la tele piensa por nosotros y nosotros nos dejamos manejar a su antojo. ¿Cómo humanizar sin conocernos?

Necesitamos, ante tanta tormenta de dislates que nos deshumanizan, una morada sosegada y un espacio más natural. La acción humana tiene que crecer en humanismo para construir un mundo más humanitario en convivencia social. Convivir no es fácil, y máxime en un mundo de superioridades raciales, en el cual la exaltación del individuo y la satisfacción egocéntrica de las aspiraciones personales se convierten en el único objetivo a conseguir. Es la carrera del ego: primero yo, después yo, y si sobra algo, para mi también. Ante este panorama, es preciso reafirmar otros valores que nos lleven a una vida más humana y más hermosa. Nos necesitamos todos para impulsar una cultura de los derechos humanos que repercuta en las conciencias de todas las gentes. Por eso, veo con muy buenos ojos, que para el año 2015, los 191 Estados Miembros de las Naciones Unidas se hayan comprometido, entre varios objetivos, a fomentar una asociación mundial para el desarrollo, ello incluye el compromiso de lograr una buena gestión de los asuntos públicos y la reducción de la pobreza, en cada país y en el plano internacional. Una buena manera de fraternizar, y por consiguiente, de sembrar la cultura de la paz en un mundo de contrariedades que nos acosan y de guerras que nos ahogan.

Se da la circunstancia que lo hispano está de moda, nuestro arte y nuestra cultura, el propio lenguaje y nuestras costumbres. España debe ser, pues, ejemplo para que sirva de inspiración y estímulo a otros pueblos. En parte, este florecer, se lo debemos a cientos de periódicos, revistas, emisoras de radio, que apuestan por lo español avivando las raíces y su solera histórica. Por ello, es una saludable noticia, que el Príncipe de Asturias inaugurase recientemente una nueva sede del Instituto Cervantes de Nueva York; potenciando así, que el Instituto Cervantes sea una institución viva que promocione nuestros valores más sublimes frente a tantos desatinos mundiales.

Víctor Corcoba Herrero
- Escritor-