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Alfred Nobel

EL ROSAL Y EL CARACOL

Había unjardín repleto por hermosos almendros y naranjos en flor, al otro lado se extendían los campos y las praderas donde pastaban las ovejas y las vacas. En el centro del jardín había un bello rosal lleno de flores y a su abrigo, vivía un caracol. De repente éste exclamó:

"¡Paciencia! ya llegará mi hora y haré mucho más que dar flores, almendras y naranjas. Algún día haré mucho más que dar leche como las vacas y las ovejas."

El rosal, que le estaba escuchando, se dirigió a él diciéndole:

-Espero mucho de ti, ¿podría saber yo cuándo será que me demuestres de lo que eres capaz?

El caracol le respondió...

-Yo me tomo mi tiempo, tú siempre tienes mucha prisa y así no es cómo se preparan las sorpresas.

Pasó el tiempo, el caracol estaba refrescándose a la sombra del rosal, casi en el mismo lugar de siempre.

El rosal se afanaba en hacer brotar rosas nuevas y mantener siempre frescas y lozanas las más antiguas. El caracol sacó medio cuerpo afuera de su caparazón, estiró sus cuernecillos, los encogió de nuevo y al mismo tiempo musitó despectivamente:

"Nada ha cambiado, no advierto ni el más insignificante progreso. El rosal sigue con sus estúpidas rosas, y eso es todo lo que hace."

Pasó el verano; llegó el otoño y en el rosal seguían brotando las rosas, pero llegó la época de nieve y el ambiente se hizo húmedo y desapacible. El rosal inclinó sus ramas hacia la tierra y el caracol se escondió bajo el suelo.

Comenzó la primavera, el rosal se irguió y nacieron rosas nuevas; el caracol dejó su refugio y regresó a la superficie. Miró al arbusto y le dijo:

-Ahora ya eres un rosal viejo. Pronto tendrás que ir pensando en morirte, ya has dado al mundo todo cuanto tenías dentro de ti. Yo no he tenido tiempo de pensar con calma si lo que has dado es de mucho valor o no, pero está claro que no has hecho ningún esfuerzo para mejorar tu desarrollo interno, porque si hubiera sido éste el caso, ahora tendrías frutos muy distintos que ofrecer al mundo. ¿Qué dices a eso? Pronto no serás más que un palo seco...

-¡Me asustas! nunca he pensado en ello, respondió el rosal.

-Claro, es que tú nunca te has molestado en pensar nada, ironizó el caracol. -¿Te preguntaste alguna vez el cómo y el por qué florecías?

-Pues no, dijo el rosal tímidamente, -yo florecía de puro contento, porque no podía evitarlo. ¡El sol era tan cálido y el aire tan refrescante!... Me bebía el limpio rocío y la lluvia generosa. Respiraba, ¡estaba vivo! Allá, de abajo de la tierra, me subía la fuerza y al mismo tiempo... descendía también sobre mí desde lo alto. Sentía una felicidad inmensa y embriagadora y tenía que florecer sin remedio una vez tras otra. Así es mi vida, no podía ni puedo hacer otra cosa, caracol.

-Tu vida es demasiado cómoda, le dijo el caracol, suspirando cansino

-Sí, es cierto, afirmó el rosal, -me lo daban todo. Pero... seguro que tú tuviste más suerte, porque tú eres una de esas criaturas que piensan mucho, eres uno de esos seres de gran inteligencia que conseguirán, sin duda, asombrar al mundo algún día.

-¿Yo? ¡no! ¡no! ¡de ningún modo! el mundo no existe para mí. ¿Qué tengo yo que ver con el mundo? ya hago bastante ocupándome de mi mismo, contestó muy molesto el caracol y el rosal, sorprendido, le replicó...

-¿Pero no deberíamos todos dar a los demás lo mejor de nosotros? ¿no deberíamos ofrecerles cuanto tuviéramos? Es verdad que yo solamente te he dado rosas y cobijo, pero tú, que posees tantos dones... ¿qué has dado tú al mundo? ¿Qué vas a darle?

El caracol, ofendido por la pregunta del rosal, exclamó airado:

-¡Dárle! ¿Darle yo al mundo? ¡al mundo yo le escupo! ¿Para qué sirve el mundo? para mí no significa nada. ¡Venga!, tú sigue cultivando tus rosas porque es para lo único que sirves. Deja que los almendros y los naranjos produzcan sus frutos, deja que las vacas y las ovejas den su leche; cada cual tiene sus preferencias y sus gustos y yo también tengo los míos, pero dentro de mí mismo, en mi casa, así que me recojeré en el interior y ahí voy a quedarme. ¡Ni el mundo, ni nadie, no me interesa en absoluto!

Y con estas palabras, el caracol se metió dentro de su caparazón y lo selló. El rosal, con tristeza susurró:

-¡Qué lástima! Yo no tengo forma de esconderme por mucho que lo intente y siempre he de volver para mostrar mis rosas. Los pétalos caen y los arrastra el viento..., aunque... una vez vi cómo una madre guardaba una de mis flores en su libro de oraciones; en otra ocasión una linda muchacha prendía una de mis rosas entre sus cabellos; otro día... se acercó un niño, olió una de mis rosas y pude ver su cara de felicidad al disfrutar de su aroma. Todo aquello me hizo mucho bien y fue como una bendición. Éstos son los recuerdos que conservo... Así es cómo ha transcurrido mi existencia y, pensándolo bien... ¡no la cambio por nada! sonrió risueño, mientras que el viento, complacido, balanceaba sus ramas suavemente.

El rosal continuó floreciendo feliz en toda su inocencia y esplendor por mucho tiempo más; mientras tanto el caracol seguía dormitando dentro de su casa, porque el mundo nada significaba para él.

Y transcurrieron los años...

El caracol se había convertido en tierra; el rosal, ya inexistente, había sucumbido y también se mezclaba con la tierra; la memorable rosa del libro de oraciones, era ya solamente polvo...

En el jardín brotaban hermosas flores; en los nuevos rosales... nacían fragantes y bellísimas rosas. Los jóvenes caracoles se arrastraban dentro de sus caparazones y escupían al mundo, porque, siguiendo la tradición de sus antecesores, éste no significaba nada para ellos.

En el centro del jardín había un bello rosal lleno de flores y a su abrigo, vivía un caracol...