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Alfred Nobel

 

EDUCAR DESDE LOS VALORES PARA LA VIDA
Víctor Corcoba Herrero

 


Un nuevo curso escolar debiera ser ocasión propicia para apostar por una nueva y nívea esperanza. La cuestión no es tanto progresar adecuadamente en contenidos, tan de moda hoy para hacer carrera y ganar mucho dinero cuanto antes, como la de enseñar otros talentos, más aptos para la vida, como puede ser aprender a vivir en la no violencia. Quizás el punto vital que se tenga que plantear un docente no sea qué tengo que hacer, sino quién soy. Porque hoy en la nómina profesional, quizás tengamos muchos profesores, pero pocos maestros.

Reconozco que todos los años al inicio del curso escolar, escribo sobre educación, quizás porque yo en otro tiempo fui maestro y hoy además soy padre, y los padres, tenemos que ser los primeros educadores de nuestros hijos; por ello, concibo el nacimiento del año académico como algo de suma importancia. Posiblemente, porque muchas veces me he preguntado sobre el índice, o el tanto por ciento, que contribuye la educación a adulterar el sentido de la inocencia de los niños. Sin duda, la búsqueda de una vida más humana debe comenzar por la educación, sino estamos perdidos; y ahora lo estamos, porque los planes generan feroces individualismos para el éxito del yo y odios irresistibles ante tanta competencia inútil. Hemos de educar para la vida, en la vida, y por la vida. Necesitamos cortar de raíz el diluvio de la muerte que tanto propician ciudadanos sin escrúpulos.

Urge, sobremanera, educar para ser humano y eso pasa, por algo que no se potencia, y es la educación en la arboleda de los valores que no tiene nada más que un tronco, como todos los árboles enhiestos, el del amor. Una realidad tan materialista de la vida como la actual nos aleja de de los verdaderos caminos, los de la donación solidaria por ejemplo, que sólo se da cuando se cultiva ese amor con mayúsculas. Para ello, hemos de saber comunicar maneras de obrar para dar una réplica sensata y coherente a las dificultades que nos expone la vida, y no vale sólo la teoría, la ejemplaridad del comunicante es la mejor forma de transmitir. De ahí que sea tan importante que los centros fomenten actividades que acerquen e impliquen a las familias en el quehacer educativo.

No es verdad que se venga valorando en la misma línea las capacidades de índole cognitiva, con otras de valor afectivo, social y moral. Y sí es cierto, para desgracia de todos, que la familia se ha disgregado, pero también es evidencia que los centros educativos suelen tener dificultades en la integración, a pesar de que se propugne la presencia transversal de la educación en valores a lo largo del currículum.

A los hechos me remito: Por una parte se pretende una educación orientada a la vida en sociedad, y por la otra se exigen unas capacidades absurdas y cretinas que no tienen mérito alguno, si acaso el mérito de pisar al débil el día que el sujeto discente consiga llegar a la meta propuesta de pisar alto machacando a los de abajo. Puede que los alumnos hoy posean más información que generaciones anteriores, entre otras cosas, porque tienen más fuentes de información, y aquí radica otro mal, muchas de esas fuentes deforman más que forman; pero se olvida lo más importante, el conocimiento de sí mismo. Nadie conoce a nadie porque, además, nadie se conoce así mismo.

Cada uno va a su rollo, se oye decir, y, lo que es peor, se percibe a poco que se mire alrededor. Por ello, entiendo, que es perentorio promover y facilitar la educación de ese hombre que propugna nuestra ley de leyes, y que no es otro que el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales.

Hoy cuando la globalización del mundo es ya una realidad próxima, se necesitan centros que potencien programas educativos que subrayen, no en la mera teoría, sino en la práctica, una formación en los principios universalmente admitidos. Cuando se inyectan valores sanos, el ser humano se hace más persona, y tiene razones para vivir. Actualmente muchos jóvenes, incomprensiblemente, pasan de todo, y lo hacen porque no tienen razones para vivir. Están apáticos, desilusionados, muchos en tratamiento psiquiátrico, cuando la juventud es una época de impulsos y de esperanza.

Ante este panorama desolador que se intenta encubrir, el de esa juventud perdida, en parte, por los nefastos planes de estudio y mediocres profesionales de la educación, cuesta entender las prioridades por la técnica y no por la ética. ¿Para que sirve saber, sino se sabe vivir? Convendría recordar, que lo natural es que la persona esté antes que las cosas como lo está el espíritu sobre la materia.

Yo creo que a estas alturas de siglo, cuando tan empachados estamos de leyes y programas curriculares, lo que nos faltan son escuelas con maestros de vida, vocacionales, a los que puedan imitar sus alumnos. A mi manera de ver, en parte, el profesor ha perdido esa autoridad moral, porque ha dejado de ser ese maestro y se ha convertido en un mero funcionario que funciona bajo mínimos de calidad humana. Buena será aquella escuela más preocupada por educar que por enseñar, y aquel maestro más preocupado por la educación que por la nómina, aunque se camine, sí así se actúa, a contracorriente.

Víctor Corcoba Herrero