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Alfred Nobel

LOS AMANTES DE TERUEL

 

En la ciudad de Teruel, vivían Diego Marcilla e Isabel de Segura. Desde muy niños habían jugado juntos, también al alimon habían correteado por las calles alborotando en los días de fiesta mayor. Él, era de pobre ascendencia y ella en cambio pertenecía a una de las familias mas importantes de la ciudad.. Cuando la pareja fue creciendo en años, la afición y recreo que tenían estando juntos fue convirtiéndose poco a poco en amor.

Isabel era ya una bella damita y Diego, un mancebo robusto que soñaba con andanzas guerreras.

-Verás, Isabel- le dijo un día que habían ido a pasar la tarde en una huerta de los alrededores- , yo partiré a la guerra cuando llegue el momento .Me alistaré como soldado en uno de los Tercios del emperador .Marcharé alegremente , me darán un arcabuz o bien , viendo lo fuerte de mi brazo , me harán piquero. Marcharé alegre en mi escuadra y tú me veras partir despidiéndome con el pañizuelo que te regalé.

La muchacha le oía decir entre alegre e inquieta. Así pasaban las tardes en su dulce afición. Mas ya el destino tejía una telaraña de desdichas.

Tenía Isabel una prima con la que había hecho vida familiar. Un día cuando ya eran crecidos Isabel y Diego, la prima - llamada Elena- vio al mancebo y al instante quedó prendada de él. Sabía los lazos que ligaban a su prima con Diego y , llena de pesadumbre , urdió en medio para que el muchacho quedase libre y pudiera ser suyo . Había en la ciudad un noble caballero , don Fernando de Camboa, que, si bien amaba a Isabel, no se sentía muy seguro de ser correspondido . Un día Elena, contrahizo la escritura de Isabel, en una misiva , y llamando a una vieja criada , la envió con dicho papel a casa de don Fernando. Este sorprendido , vio como aquellas palabras se alentaba una esperanza y en vez de partir de la ciudad , como había determinado , pensó quedarse y correr la ventura que tan cierta se le prometía .

Durante varios días rondó la casa de Isabel, mas sin encontrar acogida claramente favorable. Lo atribuyó a juego de mujer ; mas aun cuando la pérfida Elena, le envió nuevo recado en nombre de Isabel, que permanecía ajena e inocente a los turbios manejos de su prima. Al fin fue pasando el tiempo y los padres de Isabel juzgaron que ya era hora de dar en matrimonio a su hija .
sabían del cariño que existían entre la joven y Diego, al que tenían gran afecto: mas consideraban lo humilde de su procedencia y lo pobre de su vida , y vacilaban. Don Fernando de Camboa había manifestado al padre el amor que sentía por su hija . Y asi, en cierta ocasión, se presentaron en casa de Isabel, a un tiempo , Diego y don Fernando a solicitar la mano de la doncella.

Fueron honorablemente recibidos. Don Fernando habló de esta manera:
-Noble Segura, desde hace mucho tiempo amo a vuestra hija. Conocéis de sobra lo noble de mi apellido y lo rico de mi hacienda. No he querido aceptar ningún de Teruel, esperando que Isabel, pasase de niña a muchacha y de muchacha a doncella. El tiempo ha venido en que puede honrar mi casa y mi estirpe.

Y a continuación habló de sus caudales, añadiendo que no sólo por poderoso pretendía a Isabel, sino por creer que su esperanza no sería defraudada.

Isabel, tras una celosía , escuchaba sorprendida las palabras de don Fernando, pues nunca había hecho ninguna manifestación que él pudiese haber interpretado como favorable. Después de hablar don Fernando se adelantó Diego y dijo a su vez:

- No tengo riquezas ni nobleza; mas desde n¡niño me habéis tenido en vuestra casa y sabéis que amo a Isabel y que ella me corresponde.
Pero el viejo Segura interrumpió al doncel diciendo :

- Bien te conozco y se que eres bueno. Mas esa afición que dices existir, mas bien la creo cosa de muchachos que juegan juntos que de mujer y hombre que han de vivir como tales y fundar una familia. No puedo concederte la mano de Isabel, pues sería cambiar lo dudoso por lo cierto , la buena casa y la estirpe
de don Fernando por la de un joven sin nombre ni fortuna.

Así fueron decididas las bodas de Isabel y don Fernando. Pero aún Diego, insistió , diciendo:

- No es justo, noble Segura, que neguéis a quien os ama como hijo una oportunidad para ganar con su brazo lo que la fortuna le negó por su nacimiento. De muchos nobles señores se cuentan que ganaron
fama y riqueza en las guerras y yo quiero probar. Dadme un plazo , aunque sea corto , y yo os demostraré lo que valgo.
De nuevo vaciló el padre de Isabel. Pero , decidiéndose, le respondió a Diego.:
- Bien, de acuerdo. Te concedo el plazo que me pides. Esperaré para dar a Isabel a don Fernando un plazo de tres años con tres días. Si en ese tiempo vuelves con nombres y riquezas, o con nombre solo,
Isabel será tuya. Pero ni una hora esperaré mas allá del plazo.

Diego aceptó lleno de alegría y salió de la casa. Aquella tarde volvió a encontrarse la pareja de enamorados en el huerto donde tantas veces habían jugado primero y se habían amado después.

-Ya ves , Isabel, - anunció el muchacho- , cómo mis ilusiones de niño se hacen ahora realidades inmediatas . Partiré esta noche hacia Barcelona, para alistarme en la empresa que el César intenta acometer contra Túnez. Sé que antes de que haya transcurrido el plazo señalado he de volver. Y entonces serás mi esposa y nada habremos de temer. Y entre seguridades de él y miedos de ella, pasó la tarde, se hizo de noche y Diego partió.

El doncel llegó a Barcelona, que entonces estaba llena de soldados. Se alistó en unos de los Tercios y pronto partió embarcado para Cartagena. Allí salió con su compañía para las tierras de África , pudiendo demostrar prontamente el valor que le animaba. Era querido por sus camaradas y admirado por sus superiores. día tras día su fama iban siendo concedidos nuevos honores y grados, así como gratificaciones y preseas. Unas veces eran expediciones con pocos hombre para forzar la entrada de algún portachuelo moro o para hundir las barcas . Otras eran batallas con grandes fuerzas. Y , al fin , en la de Túnez, logró que el mismo César le otorgase la anhelada banda de alférez, concediéndole tambien una Orden de que de esta forma ennoblecía su nombre.

Entre tanto, en Teruel, la prima Elena no había cejado en su tarea de separar a Isabel de Diego. Una mañana se presentó afectando tener el semblante demudado , en casa de Isabel; pidió ser recibida por el padre de ésta y le comunicó que le habían llegado noticias fidedignas de que Diego había muerto encampaña valiente y heroicamente. Mucho dolor sintió el buen viejo, y tomando las naturales precauciones , le comunicó la terrible nueva a Isabel. Esta, dentro de su gran pesar , no se sentía cierta de esa muerte. Algo en su interior le cantaba una intima esperanza. Recordaba las palabras de Diego:
<<... Se que antes de que haya transcurrido el plazo señalado he de volver .>>
Y le pidió entonces a su padre que aplazara la boda hasta el último momento, lo que se hizo.

Llegó por fin, el dia en que expiraba el plazo y se celebraron las bodas. Isabel ya estaba resignada y aceptó de buen grado la mano de don Fernando.

Dos horas después de haber vencido el plazo entraba en Teruel , a todo galope, Diego Marcilla. Había vuelto a toda prisa reventando caballos; mas había llegado tarde. Aún esperaba que el viejo y noble
Segura no hubiera sido rígido en el cumplimiento del pacto establecido, pero cuando llegó a casa de Isabel y vio las paredes alhajadas con ricas colgaduras
y la servidumbre de gala, comprendió que su desdicha esta sonsumada.

Entonces penetró en la mansión subiendo a los aposentos de Isabel ya preparados como cámara nupcial. Se ocultó debajo del lecho esperando a que llegara el matrimonio. Al fin los nuevos cónyuges penetraron la alcoba y después de ser despedidos por los familiares se dispusieron a acostarse.
Una vez que lo habían hecho, Diego para impedir que se consumase la unión tomó una mano de Isabel, la cual sintió gran sobresalto dando un grito. El marido preguntó si le sucedía algo y ella, turbadísima y reconociendo que aquella mano que asía la suya era la de Diego, pido a don Fernando que bajase a buscar un pomo de sales que había dejado en el piso inferior. El marido lo hizo de buena gana y , cuando Isabel, estuvo solo, salió Diego, el cual cayendo de rodillas ante ella, le recordó su amor que seguía tan intenso como cuando partió, reprochándole al mismo tiempo su poca constancia, ya que debía haber esperado hasta su vuelta. Mas ella, aun sintiendo gran alegría de verle , le dijo:

- Ha sido la voluntad de Dios, y no la fortuna la que ha hecho que te retrasaras en tu llegada. Te he esperado hasta el último momento. Ahora, desgraciadamente , ya nada puedes obtener de mí. Casada estoy ante el Señor, y no puedo faltar a mi honor partiendo contigo.

El insistió, y sentía tan lastimado de dolor su pecho, que al fin, derramando abundantes lágrimas al levantarse para marchar ,se desplomó como herido por un rayo. Terrible fue para Isabel ver morir tan repentinamente a su antigua amado y más fuerte todavía la sorpresa de don Fernando al encontrarse con un hombre muerto en su cámara nupcial y a Isabel pálida y pronta a desvanecer, Ella le explicó lo sucedido , jurándole por lo más sagrado su inocencia. Entonces él creyéndola, determinó sacar de allí el cuerpo del infeliz Diego y , aprovechando las horas de la noche , dejarlo en la puerta de su casa. Así lo
hizo, siendo ayudado por la propia Isabel.

Al dia siguiente , horrible fue la sorpresa de los infortunados padres. Por la ciudad corrió la noticia como un reguero de pólvora, siendo los comentarios numerosos y diversos. Los funerales se celebraron con gran concurrencia de personas que comentaban la infausta suerte de don Diego. De pronto se presentó
Isabel y rumor acogió su llegada. Venía pálida , vestida con sus mas lujosos trajes y adornos . durante la misa permaneció arrodillada con el rostro entre las manos. Al finalizar el oficio de difuntos se aproximó al catafalco, y ante el asombro de todos, inclinándose sobre el cadáver de Diego, depositó un apasionado en sus exangües labios. Cuando don Fernando y sus criados acudieron, vieron que Isabel estaba echada de bruces sobre el difunto, y queriéndola levantar, advirtieron con espanto que tambien
había muerto de repente.

Todos los circunstantes se sintieron ganados por la lástima y don Fernando transido de dolor dijo: - fue la voluntad de Dios que Diego e Isabel no se uniesen en vida. Pero su mano ha conducido al ángel de la muerte para unirlos en el otro mundo. Que se entierre juntos a los esposos que fueron en la intención hasta que yo me atravesé en su camino.

Y asi, juntos , se dio sepultura a los cuerpos de Diego Marcilla e Isabel Segura, a los que la leyenda llamó desde entonces los amantes de Teruel.

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