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Alfred Nobel

 

 

 

ABISMO CLAROSCURO



¡Así no quiero! ¡No, claudicando a cada instante!
Es extenuante ceder ante el mezquino.
Poder discernir, ser clarividente...
Y, aún así, sentirse en el averno.

Me hundo en ese caos,
abismal misterio que es la gente.
Es tan corto el vuelo e inclemente,
¿por qué he de soportar envilecidos?

La perfección existe, ¡mírate a tí mismo!
...Un árbol... Escarba la tierra...
Animales con su bohemia bizarra,
que no admiten se atropelle su atavismo.

Claroscuro de la vida que no entiendo;
abismo al que me encuentro sometida.
Sin embargo, sé que hay salvación,
para esta cerrazón desmedida.

Si en una flor veo tanta maravilla;
si escucho una alondra,
con sus voces armoniosas;
si las hojas de la casuarina,
quieren volar ansiosas;
si del cocuyo surge otra estrella;
si un céfiro blanco acaricia mis angustias;
si una nueva vida, hará la mía más bella;
si el amor de un hijo, alienta mis quimeras...
¡Con un ciclópeo esfuerzo, someteré las sombras!

En el centro del abra encantado,
hallaré la bendita ablución,
en el cenagal ahogaré al bribón,
su baldón insubstancial, silenciando.

No transigiré, con el cicatero,
sería cobarde de mi parte.
Soslayaré lo artero...
¡Más mi boca, estallará ante el desplante!

En mirar todo lo bello pondré esmero,
no a contraluz, sino de frente,
para no dejarme engañar por lo aparente;
ignoraré la caterva por entero.

Puede un azufaifo hermoso y atrayente,
con sus frutos, tentarme dulcemente,
¡Y asestarme un aguijón certero!
Así protege el árbol su tesoro.

Pero aquél, hundido en el abisal atosigante,
daña de puro bagualero,
porque es de la vileza, mensajero...
Como el cacuy su lamento nochero.

Abrigaré mi luz, protegeré mi mente.
En un camafeo grabaré: ¡Vida, te quiero!


Matilde Maisonnave