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Alfred Nobel


 



MUY FIERA Y CAPRICHOSA
ES LA POESÍA

JOSÉ MARTÍ

 


Muy fiera y caprichosa es la Poesía,
a decírselo vengo al pueblo honrado:
la denuncio por fiera. Yo la sirvo
con toda honestidad: no la maltrato;
no la llamo a deshora, cuando duerme,
quieta, soñando, de mi amor cansada,
pidiendo para mí fuerzas al cielo;
no la pinto de gualda y amaranto
como aquesos poetas; no le estrujo
En un talle de hierro el franco seno;
Ni el cabello a la brisa desparcido,
con retóricas le cojo:
No: no la pongo en lindas
Que morirán; sino la vierto al mundo,
a que cree y fecunde, y ruede y crezca
libre cual las semillas por el viento.

Eso sí: cuido mucho de que sea
claro el aire en su torno; musicales,
—puro su lecho y limpio y surtido—
los rasgos que la amparan en el sueño,
y limpios y aromados sus vestidos.
Cuando va a la ciudad, mi poesía
me vuelve herida toda, el ojo seco
y como de enajenado, las mejillas
como hundidas, de asombro; los dos labios
gruesos, blandos, manchados; una que otra
gota de cieno —en ambas manos puras—
y el corazón, por bajo el pecho roto
como un cesto de ortigas encendido:
así de la ciudad me vuelve siempre;
mas con el aire de los campos cura,
bajo el cielo en la serena noche
un bálsamo que cierra las heridas.
¡Arriba oh corazón: quién dijo muerte?

Yo protesto que mimo a mi poesía:
jamás en sus vagares la interrumpo,
ni de su ausencia larga me impaciento.
¡Viene a veces terrible! Ase mi mano,
encendido carbón me pone en ella
y cual por sobre montes me la empuja!
¡Otras; muy pocas! viene amable y buena,
y me amansa el cabello; y me conversa
del dulce amor, y me convida a un baño.
Tenemos ella y yo, cierto recodo
púdico en lo más hondo de mi pecho,
envuelto en olorosa enredadera.

Digo que no la fuerzo y jamás la adorno,
y sé adornar: jamás la solicito,
aunque en tremendas sombras suelo a veces
esperarla, llorando, de rodillas,
ella, ¡oh coqueta grande!, en mi nube
airada entra, la faz sobre ambas manos
mirando cómo crecen las estrellas,
de oro, baja hasta mí, resplandeciente.
Diome un día infausto, rebuscando necio.
Luego, con paso de ala, envuelta en polvo
perlas, zafiros, ónices, cruces
para ornarle la túnica a su vuelta.

Ya de un lado, tenía,
y acicaladas en hilera,
Octavas de claveles, cuartetines
de flores campesinas; tríos, dúos
de ardiente oro y pálida azucena,
¡qué guirnaldas de décimas!, ¡qué flecos
de sonoras quintillas!, ¡qué ribetes—
de pálido romance!, ¡qué lujosos
broches de rima rara!, ¡qué repuesto
de mil consonantes serviciales
para ocultar con juicio las junturas:
obra, en fin, de suprema joyería!—
Mas de pronto una lumbre silenciosa
brilla; las piedras todas palidecen,
como muertas, las flores caen en tierra
lívidas, sin colores: ¡es que bajaba
de ver nacer los astros mi Poesía!—
Como una cesta de caretas rotas
eché a un lado mis universos. Digo al pueblo
que me tiene oprimido mi poesía:
yo en todo la obedezco; apenas siento
por cierta voz del aire que: conozco
su próxima llegada, pongo en fiesta
cráneo y pecho; levántanse en la mente,
alados, los corceles; por las venas
la sangre ardiente al paso se dispone;
el aire limpio, alejo los invitados,
muevo el olvido generoso, y barro
de mí las impurezas de la tierra.

¡No es más pura que mi alma la paloma
virgen que llama a su primer amigo!
Baja; vierte en mis manos unas extrañas
flores que el cielo da, flores que queman;
—como de un mar que sube, sufre el pecho—,
y a la divina voz, la idea dormida,
royendo con dolor la carne tersa
busca, como la lava, su camino;
de hondas grietas el agujero luego queda,
como la falda de un volcán cruzado;
precio fatal de amores con el cielo.
Yo en todo la obedezco; yo no esquivo
estos padecimientos, yo le cubro
de unos besos que lloran, sus dos blancas
manos que así me acabarán la vida.

Yo, ¡qué más!, cual de un crimen ignorado
sufro, cuando no viene: yo no tengo
otro amor en el mundo ¡oh mi .poesía!
¡Como sobre la pampa el viento negro
cae sobre mí tu enojo!
A mí, que te respeto.

De su altivez me quejo al pueblo honrado;
de su soberbia femenil. No sufre
espera. No perdona. Brilla, y quiere
que con el limpio brillo del acero
ya el verso al mundo cabalgando salga;
Tal, una loca de pudor, apenas
un minuto al artista el cuerpo ofrece
para que esculpa en mármol su hermosura—
¡Vuelan las flores que del cielo bajan,
vuelan, como irritadas mariposas,
para jamás volver, las crueles vuelan...