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Alfred Nobel


 

 

EL VERDUGO

 

De los hombres lanzado al desprecio,

de su crimen la víctima fui;

y se evitan de odiarse a sí mismos,

fulminando sus odios en mí.

Y su rencor al poner en mi mano, me hicieron

su vengador; y se dijeron:

«Que nuestra vergüenza común caiga en él;

se marque en su frente nuestra maldición;

su pan amasado con sangre y con hiel,

su escudo con armas de eterno baldón

sean la herencia que legue al hijo,

el que maldijo la "sociedad".

Y de mí huyeron,

de sus culpas el manto me echaron,

y mi llanto y mi voz escucharon

¡sin piedad!!!

Al que a muerte condenan le ensalzan...

¿Quién al hombre del hombre hizo juez?

¿Que no es hombre ni siente el verdugo

imaginan los hombres tal vez?

Y ellos no ven que yo soy de la imagen divina

¡copia también!

Y cual dañina

fiera a que arrojan un triste animal,

que ya entre sus dientes se siente crujir,

así a mí, instrumento del genio del mal

me arrojan el hombre que traen a morir.

Y ellos son justos,

yo soy maldito,

yo sin delito

soy criminal:

Mirad al hombre

que me paga una muerte; el dinero

me echa al suelo con rostro altanero,

¡a mi, su igual!

El tormento que quiebra los huesos

y del reo el histérico ¡ay!

y el crujir de los nervios rompidos

bajo el golpe del hacha que cae,

son mi placer,

y al rumor que en las piedras rodando

hace, al caer,

del triste saltando

la hirviente cabeza de sangre en un mar,

allí entre el bullicio del pueblo feroz

mi frente serena contemplan brillar,

tremenda, radiante con júbilo atroz.

Que de los hombres

en mí respira toda la ira,

todo el rencor;

que a mí pasaron

la crueldad de sus almas impía,

y al cumplir su venganza y la mía

gozo en mi horror!

Ya más alto que el grande, que altivo

con sus plantas hollara la ley,

al verdugo los pueblos miraron

y mecido en los hombros de un rey;

y en él se hartó,

embriagado de gozo aquel día

cuando expiró;

y su alegría

su esposa y sus hijos pudieron notar;

que en vez de la densa tiniebla de horror,

miraron la risa su labio amargar,

lanzando sus ojos fatal resplandor.

Que el verdugo

con su encono

sobre el trono

se asentó.

Y aquel pueblo

que tan alto le alzara bramando,

otro rey de venganzas, temblando,

en él miró.

En mí vive la historia del mundo

que el destino con sangre escribió,

y en sus páginas rojas Dios mismo

mi figura impaciente grabó.

La eternidad

ha tragado cien siglos y ciento,

y la maldad

su monumento

en mí todavía contempla existir.

Y en vano es que el hombre do brota la luz

con viento de orgullo pretenda subir:

¡Preside el verdugo los siglos aún!

Y cada gota

que me ensangrienta,

del hombre ostenta

un crimen más.

Y yo aún existo,

fiel recuerdo de edades pasadas,

a quien siguen cien sombras airadas

¡siempre detrás!

¡Oh! ¿por qué te ha engendrado el verdugo,

tú, hijo mío, tan puro y gentil?

En tu boca la gracia de un ángel

presta gracia a tu risa infantil.

¡Ay! tu candor,

tu inocencia, tu dulce hermosura

me inspira horror.

¡Oh! tu ternura,

mujer, ¿a qué gastas con ese infeliz?

¡Oh! muéstrate madre piadosa con él,

¡ahógale, y piensa será así feliz!

¿Qué importa que el mundo te llame cruel?

Mi vil oficio

querrás que siga

¡que te maldiga

tal vez querrás!

Piensa que un día

al que hoy miras jugar inocente,

¡maldecido cual yo y delincuente

también verás.

José de Espronceda