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Alfred Nobel


 

 

EL REO DE MUERTE


¡Para hacer bien por el alma
del que van a ajusticiar...

Reclinado sobre el suelo

con lenta amarga agonía,

pensando en el triste día

que pronto amanecerá,

en silencio gime el reo

y el fatal momento espera

en que el sol por vez postrera

en su frente lucirá.

Un altar y un crucifijo,

y la enlutada capilla

lánguida vela amarilla

tiñe en su luz funeral,

junto al mísero reo,

medio encubierto el semblante,

se oye el fraile agonizante

en son confuso rezar.

El rostro levanta el triste

Y alza los ojos al cielo;

tal vez eleva en su duelo

la súplica de piedad:

¡Una lágrima! ¿es acaso

de temor o de amargura?

¡Ay! ¿a aumentar su tristura

vino un recuerdo quizá.

Es un joven y la vida

llena de sueños de oro

pasó ya, cuando aun el lloro

de la niñez no enjugó:

El recuerdo es de la infancia,

y su madre que le llora

para morir así ahora

con tanto amor le crió.

Y a par que sin esperanza

ve ya la muerte en acecho,

su corazón en su pecho

siente con fuerza latir,

al tiempo que mira al fraile

que en paz ya duerme a su lado

y que ya viejo y postrado

le habrá de sobrevivir.

¿Mas qué rumor a deshora

rompe el silencio? Resuena

una alegre cantilena

y una guitarra a la par,

y gritos y de botellas

que se chocan, el sonido,

y el amoroso estallido

de los besos y el danzar.

Y también pronto en son triste

lúgubre voz sonará:

¡Para hacer bien por el alma

del que van a ajusticiar!

Y la voz de los borrachos,

y sus brindis, sus quimeras,

y el cantar de las rameras,

y el desorden bacanal

en la lúgubre capilla

penetran, y carcajadas,

cual de lejos arrojadas

de la mansión infernal.

Y también pronto en son triste

lúgubre voz sonará:

¡Para hacer bien por el alma

del que van a ajusticiar!

¡Maldición! Al eco infausto

el sentenciado maldijo

la madre, que como a hijo

a sus pechos le crió;

y maldijo el mundo todo,

maldijo su suerte impía,

maldijo el aciago día

y la hora en que nació.

II

Serena la luna

alumbra en el cielo,

domina en el suelo

profunda quietud.

Ni voces se escuchan,

ni ronco ladrido,

ni tierno quejido

de amante laúd.

Madrid yace envuelto en sueño,

todo al silencio convida,

y el hombre duerme y no cuida

del hombre que va a expirar.

Si tal vez piensa en mañana,

ni una vez piensa siquiera

en el mísero que espera

para morir, despertar;

que sin pena ni cuidado

los hombres oyen gritar:

¡Para hacer bien por el alma

del que van a ajusticiar!

¡Y el juez también en su lecho

duerme en paz!! ¡y su dinero

el verdugo placentero

entre sueños cuenta ya!

Tan sólo rompe el silencio

en la sangrienta plazuela

el hombre del mal que vela

un cadalso a levantar.

Loca y confusa la encendida mente,

sueños de angustia y fiebre y devaneo

el alma envuelven del confuso reo,

que inclina al pecho la abatida frente.

Y en sueños

confunde

la muerte,

la vida.

Recuerda

y olvida,

suspira,

respira

con hondo afán.

Y en un mundo de tinieblas

vaga y siente miedo y frío,

y en su horrible desvarío

palpa en su cuello el dogal;

y cuanto más forcejea,

cuanto más lucha y porfía,

tanto más en su agonía

aprieta el nudo fatal.

Y oye ruido, voces, gentes,

y aquella voz que dirá:

¡Para hacer bien por el alma

del que van a ajusticiar!

ya libre se contempla,

y al aire puro respira,

y oye de amor que suspira

la mujer que un tiempo amó,

bella y dulce cual solía,

tierna flor de primavera,

el amor de la pradera

que el abril galán mimó.

Y gozoso a verla vuela,

y alcanzarla intenta en vano,

que al tender la ansiosa mano

su esperanza a realizar,

su ilusión la desvanece

de repente el sueño impío,

y halla un cuerpo mudo y frío

y un cadalso en su lugar.

Y oye a su lado en son triste

lúgubre voz resonar:

¡Para hacer bien por el alma

del que van a ajusticiar!

José de Espronceda