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Alfred Nobel

 

ELEGIA A LA AUSENCIA DE MARINA

Corred sin tasa de los ojos míos,

¡oh lágrimas amargas!, corred libres

de estos míseros ojos, que ya nunca,

como en los días de contento y gloria,

recrearán las gracias de Marina.

Corred sin tasa, y del cuitado Anselmo

regando el pecho dolorido y triste,

corred hasta inundar la yerta tierra

que antes Marina honraba con su planta.

¡Ay! ¿Dó te lleva tu maligna estrella,

infeliz hermosura? ¿Dónde el hado,

conmigo ahora adverso y rigoroso,

quiere esconder la luz de tu belleza?

¿Quién te separa de los dulces brazos

de tu Anselmo, Marina desdichada?

¿Quién, de amargura y palidez cubierto

el rostro celestial, suelto y sin orden

el hermoso cabello, triste, sola,

y a mortales congojas entregada,

de mi lado te aleja y de mi vista?

Terrible ausencia, imagen de la muerte,

tósigo del amor, fiero cuchillo

de las tiernas alianzas, ¿quién, oh cruda,

entre dos almas que el amor unía

con vínculos eternos, te interpuso?

¿Y podrá Anselmo, el sin ventura Anselmo,

en cuyo blando corazón apenas

caber la dicha y el placer podían,

podrá sobrevivir al golpe acerbo

con que cruel tu brazo le atormenta?

¡Ah! ¡Si pudiera en este aciago instante,

sobre las alas del amor llevado,

alcanzarte, Marina, en el camino!

¡Ay! ¡Si le fuera dado acompañarte

por los áridos campos de la Mancha,

siguiendo el coche en su veloz carrera!

¡Con cuánto gusto al mayoral unido

fuera desde el pescante con mi diestra

las corredoras mulas aguijando!

¡O bien, tomando el traje y el oficio

de su zagal, las plantas presuroso

moviera sin cesar, aunque de llagas

mil veces el cansancio las cubriese!

¡Con cuánto gusto a ti de cuando en cuando

volviera el rostro de sudor cubierto,

y tan dulce fatiga te ofreciera!

¡Ah! ¡Cuán ansioso alguna vez llegara,

envuelto en polvo, hasta tu mismo lado,

y subiendo al estribo te pidiera

que con tu blanca mano mitigases

el ardor de mi frente, o con tus labios

dieses algún recreo a mis fatigas!

Gaspar Melchor de Jovellanos