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Alfred Nobel


 


DE BLANCO

¿Qué cosa más blanca que cándido lirio?

¿Qué cosa más pura que místico cirio?

¿Qué cosa más casta que tierno azahar?

¿Qué cosa más virgen que leve neblina?

¿Qué cosa más santa que el ara divina

de gótico altar?

¡De blancas palomas el aire se puebla;

con túnica blanca, tejida de niebla,

se envuelve a lo lejos feudal torreón;

erguida en el huerto la trémula acacia

al soplo del viento sacude con gracia

su níveo pompón!

¿No ves en el monte la nieve que albea?

la torre muy blanca domina la aldea,

las tiernas ovejas triscando se van,

de cisnes intactos el lago se llena,

columpia su copa la enhiesta azucena,

y su ánfora inmensa levanta el volcán.

Entremos al templo: la hostia fulgura;

de nieve parecen las canas del cura,

vestido con alba de lino sutil;

cien niñas hermosas ocupan las bancas,

y todas vestidas con túnicas blancas

en ramos ofrecen las flores de abril.

Subamos al coro: la virgen propicia

escucha los rezos de casta novicia,

y el Cristo de mármol expira en la cruz;

sin mancha se yerguen las velas de cera;

de encaje es la tenue cortina ligera

que ya transparenta del alba la luz.

Bajemos al campo: tumulto de plumas

parece el arroyo de blancas espumas

que quieren, cantando, correr y saltar;

la airosa mantilla de fresca neblina

terció la montaña: la vela latina

de barca ligera se pierde en el mar.

Ya salta del lecho la joven hermosa,

y el agua refresca sus hombros de diosa,

sus brazos ebúrneos, su cuello gentil;

cantando y risueña se ciñe la enagua,

y trémulas brillan las gotas de agua

en su árabe peine de blanco marfil.

¡Oh mármol! ¡Oh nieves! ¡Oh inmensa blancura

que esparces doquiera tu casta hermosura!

¡Oh tímida virgen! ¡Oh casta vestal!

Tú estás en la estatua de eterna belleza,

de tu hábito blanco nació la pureza,

¡al ángel das alas, sudario al mortal!

Tú cubres al niño que llega a la vida,

coronas las sienes de fiel prometida,

al paje revistes de rico tisú.

¡Qué blancos son, reinas, los mantos de armiño!

¡Qué blanca es, oh madres, la cuna del niño!

¡Qué blanca, mi amada, qué blanca eres tú!

En sueños ufanos de amores contemplo

alzarse muy blancas las torres de un templo

y oculto entre lirios abrirse un hogar;

y el velo de novia prenderse a tu frente,

cual nube de gasa que cae lentamente

y viene en tus hombros su encaje a posar.

MANUEL GUTIERREZ NÁJERA

 

 

 

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