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Alfred Nobel


 

 

DESPEDIDA DEL PATRIOTA GRIEGO
DE LA HIJA DEL APOSTATA

Era de noche: en la mitad del cielo
su luz rayaba la argentada luna,

y otra luz más amable destellaba

de sus llorosos ojos la hermosura.

Allí en la triste soledad se hallaron

su amante y ella con mortal angustia,

y su voz en amarga despedida

por vez postrera la infeliz escucha.

"Determinado está; sí, mi sentencia

para siempre selló la suerte injusta,

y cuando allá la eternidad sombría

este momento en sus abismos hunda,

¡ojalá para siempre que el olvido,

suavizando el rigor de la fortuna,

la imagen ¡ay! de las pasadas glorias

bajo sus alas lóbregas encubra!

¿Por qué al nacer, crüeles me arrancaron

del seno de mi madre moribunda,

y salvo he sido de mortales riesgos

para vivir penando en amargura?

¿Por qué yo fui por mi fatal destino

unido a ti desde la tierna cuna?

¿Por qué nos hizo iguales en riqueza

y en linaje también mi desventura?

¿Por qué mi infancia en inocentes juegos

brilló contigo, y con delicia mutua

ambos tejimos el infausto lazo

que nuestras almas míseras anuda?

¡Ah! para siempre adiós: vano es ahora

acariciar memorias de ventura;

voló ya la ilusión de la esperanza,

y es vano amar sin esperanza alguna.

¿Qué puede el infeliz contra el destino?

¿Qué ruegos moverán, qué desventuras

el bajo pecho de tu infame padre?

Infame, sí, que al despotismo jura

vil sumisión, y en sórdida avaricia

vende su patria a las riquezas turcas.

El apellida sacrosantas leyes

el capricho de un déspota, él nos juzga

de rebeldes doquier, su voz comprada

culpa a su patria y al tirano adula.

El nos ordena ante el sultán odioso

humilde miedo y obediencia muda.

Mas no, que el alma de la Grecia existe.

Santo furor su corazón circunda,

que ávido se hartará de sangre hirviente,

que nuevo ardor le infundirá y bravura.

No ya el tirano mandará en nosotros:

Tristes rüinas, áridas llanuras,

cadáveres no más serán su imperio,

será sólo el señor de nuestras tumbas.

Ya osan ser libres los armados brazos

y ya romper la bárbara coyunda.

Y con júbilo a ti, todos ¡oh muerte!

y a ti, divina libertad, saludan.

Gritos de triunfo, sacudido el viento

hará que al éter resonando suban,

o eterna muerte cubrirá la Grecia

en noche infanda y soledad profunda.

Ese altivo monarca, que embriagado

yace en perfumes y lascivia impura,

despechado sabrá que no hay cadena

que la mano de un libre no destruya.

Con rabia oirá de libertad el grito

sonar tremendo en la obstinada lucha,

y con miedo y horror su sed de sangre

torrentes hartarán de sangre turca.

Y tu padre también, si ora impudente

so el poder del Islam su patria insulta,

pronto verá cuán formidable espada

blande en la lid la libertad sañuda.

Marcha y dile por mí que hay mil valientes

y yo uno de ellos, que animosos juran

morir cual héroes o romper el cetro

a cuya sombra el pérfido se escuda.

Que aunque marcados con la vil cadena,

no han sido esclavas nuestras almas nunca,

que el heredado ardor de nuestros padres

las hace hervir aún; que nuestra furia

nos labrará, lidiando, en cada golpe

triunfo seguro o noble sepultura.

Dile que sólo en baja servidumbre

puede vivir un alma cual la suya,

el alma de un apóstata que indigno

llega sus labios a la mano impura,

que de caliente sangre reteñida,

nuevos destrozos a su patria anuncia.

Perdóname, infeliz, si mis palabras

rudas ofenden tu filial ternura.

Es verdad, es verdad: tu padre, un tiempo

mi amigo se llamó, y ¡ojalá nunca

pasado hubieran tan dichosos días!

Yo no llamara injusta a la fortuna.

¡Cómo entonces mi mano enjugaría

las lágrimas que viertes de amargura!

Tu padre, ¡oh Dios! como engañoso amigo

cuando la Grecia la servil coyunda

intrépida rompió, cuando mi pecho

respiraba gozoso el aura pura

de la alma libertad, pensó el inicuo

seducirme tal vez con tu hermosura,

y en premio vil me prometió tu mano

si ser secuaz de su traición inmunda,

y desolar mi patria le ofrecía,

esclavo yo de la insolente turba

de esclavos del sultán. Antes el cielo

mis yertos miembros insepultos cubra,

que goce yo de ignominiosa vida

ni en el seno feliz de tu dulzura.

¡Ah! para siempre adiós: la infausta suerte

que el lazo rompe que las almas junta,

y va a arrancar tu corazón del mío,

tan sólo ahora una esperanza endulza.

Yo te hallaré donde perpetuas dichas

las almas de los ángeles disfrutan.

¡Ah! para siempre adiós... tente... un momento,

un beso nada más... es de amargura...

es el último ¡oh Dios!... mi sangre hiela...

¡Ah! los martirios del infierno nunca

igualaron mi pena y mi agonía.

¡Terminara la muerte aquí mi angustia,

y aun muriera feliz! Mis ojos quema

una lágrima ¡Oh Dios! y tú la enjugas!

¡Quién resistir podrá! Basta... la hora

se acerca ya que mi partida anuncia.

¡Ojalá para siempre que el olvido,

suavizando el rigor de la fortuna

la imagen ¡ay! de las pasadas glorias

bajo sus alas lóbregas encubra!"

Dice, y se alejan. A esperar consuelo

la hija del apóstata en la tumba;

él, batallando pereció en las lides,

y ella víctima fue de su amargura.

José de Espronceda