Poemas y Relatos. Portal de Literatura.



Alfred Nobel


 

 

CANTO DEL CRUZADO


Ya tarde en la noche la luna escondía
cercana a Occidente, su lívida faz,

y al Norte entre nubes, relámpago ardía

que el cielo inundaba de lumbre fugaz.

El Tajo sus aguas con ronco bramido

despeña, y el eco redobla el fragor;

el bosque se mece con sordo rüido,

de negras tormentas fatal precursor.

Al fuego que el raudo relámpago enciende,

que al monte y la selva parece abrasar,

un hombre a caballo la margen desciende

y al trote se sienten sus armas sonar.

Tal vez a su paso con viva vislumbre

la cruz en su escudo radiante brilló;

mas luego en tinieblas la rápida lumbre

al hombre y caballo consigo ocultó.

De un monte en la altura levanta su frente

soberbio castillo de ilustre señor;

brillantes antorchas le adornan luciente

y de arpas y fiesta se escucha el rumor.

Abiertas las rejas, las luces se agitan,

y alegre banquete se deja entrever,

los néctares dulces al júbilo excitan

y a cien caballeros cantando a beber.

cual negra fantasma de forma medrosa

que a tímida virgen de noche aterró

así en la alta cumbre del monte escabrosa

el hombre a caballo veloz pareció.

Al pie del castillo llegando el guerrero,

alegre relincha su noble trotón;

la rienda recoge, desmonta ligero

y para y escucha sonar la canción.

Del arpa sonora los dulces contentos

aplauden con bravos y vivas sin fin,

y en coro resuenan alegres acentos,

en alto las copas a honor del festín.

Mas luego en silencio la mágica lira,

vibrada suave se torna a escuchar,

y sigue a su acento que plácido inspira

la voz regalada de aqueste cantar:

Era la noche, y la luna

melancólica brillaba

con pálida luz süave

en el jardín de la Alhambra.

En su soledad se goza

la hermosísima Zoraida,

la más bella de las moras,

la adorada de Abenámar.

Tan sólo rompe el silencio

entre las flores el aura o

que dulcemente las [...]

y su perfume exhala.

Allí, vagando en silencio,

sus pensamientos halagan

mil imágenes sabrosas,

mil cumplidas esperanzas.

Mas ¿qué estruendo de trompetas

toca a rebato en Granada,

y entre el confuso alboroto

retumba el grito de alarma?

Zoraida escucha y suspira,

que al son de guerra, Abenámar,

el más bravo de los moros,

es el primero que marcha.

Ya cerca escucha las trompas

de las huestes castellanas,

y relinchos, y carreras,

y el batir de las espadas.

Precipitada a una reja,

sube la mora al alcázar,

y por la vega anchurosa

yiende la vista agitada.

Inquieta, atento el oído,

tiembla al crujir de las armas,

cual tímido cervatillo

si el viento agita las ramas.

En su ventana, la noche

toda, lo espera azorada.

Ya el estruendo y voces crecen,

ya poco a poco se callan.

Era el rumor: los guerreros

vuelven en triunfo a Granada.

Gallardo en las lides,

cayó el vencedor.

¡Ay! llora, Zoraida,

tu triste amador.

Su voz moribunda

tu nombre exhaló,

y al pecho, expirante,

tu banda estrechó.

Ya el bardo a su gloria

levanta la voz.

Eterno su nombre

dirá el trovador.

Gallardo en las lides,

cayó el vencedor.

¡Ay! llora, Zoraida,

tu triste amador.

El arpa acompaña, callado ya el canto,

con lánguidos trinos la trova gentil,

cual dulce en la selva, con plácido encanto,

el eco modulan los auras de Abril.

Y luego cien arpas resuenan, y el coro

los nobles entonan cantando a la vez,

y el fin malogrado del ínclito moro

envidian, y ensalzan su amor y su prez.

En tanto el guerrero que el cántico oía,

con fuerza en las puertas su lanza chocó,

y allá en las almenas, al punto, el vigía:

«¿Quién llama a estos muros?» audaz preguntó.

«Asilo en la noche demanda un guerrero

que errante camina», gritó el paladín.

«Abridle, de adentro sonó un caballero,

y encuentre acogida y asiento al festín».

Las negras cadenas que el puente suspenden

con ronco sonido se sienten crujir,

y bajan el puente, y algunos descienden

armados guerreros, las puertas a abrir.

Su nombre preguntan; responde el soldado:

«Mi nombre, aunque ilustre, es fuerza ocultar.

Saber es bastante que soy un cruzado

que vuelve de tierras allende del mar».

So un manto sencillo de cándido lino,

do roja aparece la espléndida cruz,

su rostro y sus armas cubrió el paladino,

los ojos tan sólo quedando a la luz.

En ellos ostenta, con fiera altiveza,

fijándolos firme, intrépido ardor.

Mas luego se apaga con fría tristeza

o usado descuido su noble esplendor.

En tanto, dos pajes, sirviendo de guía,

conducen al huésped adentro al salón,

y sale a su encuentro con faz de alegría,

dejando el banquete, gallardo infanzón.

La mano, por muestra de dar bienvenida,

tendiéndole dice: «Llegado aquí en paz,

os dé mi castillo sabrosa acogida

y halléis con nosotros placer y solaz».

El huésped, en tanto que el noble le hablara,

mantiene los ojos clavados en él,

así que en su rostro semblanza encontrara

que antiguos recuerdos preséntanle fiel.

«¿Sois vos, le pregunta, gentil castellano,

de aquesta comarca tal vez el señor?

¿Sois vos el que nombran el conde Lozano,

honor de Castilla, del moro terror?»

El noble, modesto, responde al guerrero:

"Yo soy el que llaman como vos decís,

empero la fama da un nombre a mi acero

más alto que nunca por él merecí.

Entrad con nosotros, partid el contento,

ilustre soldado de la alta Sión.

Dirás de tus viajes el plácido cuento

y oiremos tus hechos con grata atención».

"Mi vida y mis hechos, el huésped responde,

ansiara yo mismo por siempre olvidar».

Y dice, y su rostro moreno se esconde

so nube sombría de negro pesar.

Del sol de la Libia quemado el semblante,

sus ojos un punto centellear se ven,

mas luego se apaga su brillo al instante,

y al fuego que lanzan sucede el desdén.

Con hondo suspiro prosigue el cruzado,

bajando los ojos con triste mirar:

«Delante el sepulcro de Dios he jurado

mi historia y mi nombre jamás confiar.

Así he prometido robarme el consuelo

que acaso los hombres al mísero dan,

así hasta que quiera por último el cielo

que baje a la tumba conmigo mi afán».

Su voz, su mirada, su rostro turbado

profundo misterio parece encubrir.

El Conde en silencio le asienta a su lado,

sin más sus desdichas forzarle a decir.

Alguno le mira, fijándole atento,

que piensa su pecho tal vez sondear.

Mas sólo su vista le da el pensamiento

que es hombre que el riesgo no duda arrostrar.

En tanto que el huésped, así indiferente,

se vuelve a su estado de triste inacción,

el Conde Lozano anima su gente

mandando que entonen alegre canción.

Las copas henchidas del néctar sabroso

se vieron al punto volar al redor

y el arpa vibrando con eco armonioso

así dulcemente cantó el trovador:

El soldado de Sión

El que ansioso de alta gloria,

joven dejó sus hogares,

y lanzándose a los mares,

voló a buscar la victoria,

vencedor del turco fiero,

vuelve, valiente cruzado,

del sol el rostro tostado

y en sangre tinto su acero.

Allí, su lanza en la lid

dio a su renombre esplendor,

le cantó el trovador

como a intrépido adalid.

Ora vuelve, en su semblante

con cicatrices de heridas

en honra y pro recibidas

de la que adora constante.

Tal vez al verle a su reja

le desconozca la hermosa

que sensible y cuidadosa

oyó otro tiempo su queja.

Mas si no vuelve de Oriente,

cual antes, joven hermoso,

vuelve intrépido y brioso

y ornada en lauros la frente.

Y las lunas abatidas

de los árabes altivos,

cien caballos, cien cautivos,

cien cimitarras vencidas,

el soldado de Sión

rendirá ante su hermosura

y con humilde ternura

su constante corazón.

Y si amorosa un momento

tendrá completa ventura

su más alto pensamiento,

y tendrá por muy dichosa

de su destino la estrella

si le devuelve su bella

siempre tierna y cariñosa.

Que por la cruz y en su honor

ha alcanzado la victoria,

y su nombre y su memoria

realzó en la lid su valor,

y buscando dónde ir

a hacer su nombre famoso,

vuelve a sus pies venturoso

sus laureles a rendir.

«A fe, dijo un noble, ya el canto acabado,

que son muy leales esclavos de amor

los bravos guerreros del templo sagrado,

según en sus versos pintó el trovador.

Que dicen hermosas que son las mujeres

que adornan las tierras do se alza Lalén

y ofrece el Oriente gustosos placeres,

y todos los miran con tibio desdén».

«No brillan mujeres allá en Palestina,

responde un guerrero, cual brillan aquí.

Yo pongo que nunca mujer más divina

se vio que la hermosa que adora el Zegrí».

«Ximena es más bella, repuso un mancebo

moviendo los ojos con fiero mirar.

Y rompo una lanza por ella y lo pruebo

cualquiera en su contra se muestre a lidiar».

El Conde al momento: «Más bella es mi esposa,

la reina en las justas de amor y beldad.

Yo pongo que es ella más noble y hermosa

y acepto en la arena probar la verdad».

«Cualquiera que venza será venturoso,

repuso un anciano,

empero el semblante hará más hermoso

de aquella que adora su noble valor.

Que allá cuando hervía mi pecho valiente

con ansia amorosa y ardor juvenil,

recuerdo con pena que anubla mi frente

y aún hace a mi pecho turbado latir,

que así por mi dama vibrando mi espada

en negra contienda de honrar la beldad,

tendido a mis plantas, de fiera estocada

mi amigo más caro probó mi crueldad.

Vosotros, hermanos en armas y amigos,

de España esperanza, mancebos de pro,

¡oh! no querrá el cielo lidiéis enemigos

por causa tan leve, presente aquí yo.

Penosos recuerdos, eterno tormento

quien hiera a su amigo por pago tendrá,

y siempre turbado doquier su contento

la sombra del muerto delante hallará.

Allá vuestra espada

se cruce al alfanje que en sangre crüel

regó el desolado campo castellano,

y arranque a su frente antiguo laurel.

Volved por las armas si algún caballero

con lengua villana se atreve a su honor,

o bien si el osado moteja altanero

sus mismos galanes de poco valor.

Que entonces la honra exige que muerto

o quede el que el duelo audaz provocó,

o que ante testigos confiese el entuerto

que con sus palabras o acciones causó.

Tomad mi consejo y usad de prudencia;

al noble extranjero nombrad vuestro juez,

mostradle las damas y dadle sentencia.

Ninguno contienda otra vez.

Llegado de climas y tierras lejanas,

do ha visto las bellas de cada país,

a un lado dejando pretensiones vanas,

no dudo que todos en él convenís.

Y aquel que aún sostenga tenaz su porfía,

y dude a esta prueba tan fácil ceder,

por cierto en su dama muy poco confía

y no por muy bella la debe tener».

JOSÉ DE ESPRONCEDA