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Alfred Nobel


 

 

MANUEL JOSE QUINTANA

A LA EXPEDICION ESPAÑOLA
PARA PROPAGAR LA VACUNA EN AMÉRICA

 

BAJO LA DIRECCION DE DON FRANCISCO BALMIS

¡Virgen del mundo, América inocente!
Tú, que el preciado seno

al cielo ostentas de abundancia lleno,

y de apacible juventud la frente;

tú, que a fuer de más tierna y más hermosa

entre las zonas de la madre tierra

debiste ser del hado,

ya contra ti tan inclemente y fiero,

delicia dulce y el amor primero,

óyeme: si hubo vez en que mis ojos,

los fastos de tu historia recorriendo,

no se hinchasen de lágrimas; si pudo

mi corazón sin compasión, sin ira

tus lástimas oír, ¡ah!, que negado

eternamente a la virtud me vea,

y bárbaro y malvado,

cual los que así te destrozaron, sea.

Con sangre están escritos

en el eterno libro de la vida

esos dolientes gritos

que tu labio afligido al cielo envía.

Claman allí contra la patria mía,

y vedan estampar gloria y ventura

en el campo fatal donde hay delitos.

¿No cesarán jamás? ¿No son bastantes

tres siglos infelices

de amarga expiación? Ya en estos días

no somos, no, los que a la faz del mundo

las alas de la audacia se vistieron

y por el ponto Atlántico volaron;

aquéllos que al silencio en que yacías,

sangrienta, encadenada, te arrancaron.

«Los mismos ya no sois; pero mi llanto

por eso ha de cesar? Yo olvidaría

el rigor de mis duros vencedores:

su atroz codicia, su inclemente saña

crimen fueron del tiempo y no de España.

Mas ¿cuándo, ¡ay, Dios!, los dolorosos males

podré olvidar que aún mísera me ahogan?

Y entre ellos... ¡Ah!, venid a contemplarme,

si el horror no os lo veda, emponzoñada

con la peste fatal que a desolarme

de sus funestas naves fue lanzada.

Como en árida mies hierro enemigo,

como sierpe que infesta y que devora,

tal su ala abrasadora

desde aquel tiempo se ensañó conmigo.

Miradla embravecerse, y cuál sepulta

allá en la estancia oculta

de la muerte, mis hijos, mis amores.

Tened, ¡ay! compasión de mi agonía,

los que os llamáis de América señores;

ved que no basta a su furor insano

una generación: ciento se traga;

y yo, expirante, yerma, a tanta plaga

demando auxilio, y le demando en vano.»

Con tales quejas el Olimpo hería,

cuando en los campos de Albión natura

de la viruela hidrópica al estrago

el venturoso antídoto oponía.

La esposa dócil del celoso toro

de este precioso don fue enriquecida,

y en las copiosas fuentes le guardaba

donde su leche cándida a raudales

dispensa a tantos alimento y vida.

JENNER lo revelaba a los mortales;

las madres desde entonces

sus hijos a su seno

sin susto de perderlos estrecharon,

desde entonces la doncella hermosa

no tembló que estragase este veneno

su tez de nieve y su color de rosa.

A tan inmenso don agradecida,

la Europa toda en ecos de alabanza

con el nombre de JENNER se recrea;

ya en su exaltación eleva altares

donde, a par de sus genios tutelares,

siglos y siglos adorar le vea.

De tanta gloria a la radiante lumbre,

en noble emulación llenando el pecho,

alzó la frente un español: «No sea»,

clamó, «que su magnánima costumbre

en tan grande ocasión mi patria olvide.

El don de la invención es de Fortuna.

Gócele allá un inglés; España ostente

su corazón espléndido y sublime,

y dé a su majestad mayor decoro,

llevando este tesoro

donde con más violencia el mal oprime.

Yo volaré, que un Numen me lo manda,

yo volaré; del férvido Oceano

arrostraré la furia embravecida,

y en medio de la América infestada

sabré plantar el árbol de la vida.»

Dijo; y apenas de su labio ardiente

estos ecos benéficos salieron,

cuando, tendiendo al aire el blando lino,

ya en el puerto la nave se agitaba

por dar principio a tan feliz camino.

Lánzase el argonauta a su destino.

Ondas del mar, en plácida bonanza

llevad ese depósito sagrado

por vuestro campo líquido y sereno;

de mil generaciones la esperanza

va allí, no la aneguéis; guardad el trueno,

guardad el rayo, y la fatal tormenta

al tiempo en que, dejando

aquellas playas fértiles remotas,

de vicios y oro y maldición preñadas,

vengan triunfando las soberbias flotas.

A BALMIS respetad ¡Oh, heroico pecho,

que en tan bello afanar tu aliento empleas.

Ve impávido a tu fin. La horrenda saña

de un ponto siempre ronco y borrascoso,

del vértigo espantoso

la devorante boca,

la negra faz de cavernosa roca

donde el viento quebranta los bajeles,

de los rudos peligros que te aguardan

los más grandes no son ni más crueles.

Espéralos del hombre: el hombre impío,

encallado en error ciego, envidioso,

será quien sople el huracán violento

que combata bramando el noble intento.

Mas sigue, insiste en él firme y seguro;

y cuando llegue de la lucha el día,

ten fijo en la memoria

que nadie sin tesón y ardua porfía

pudo arrancar las palmas de la gloria.

Llegas, en fin. La América saluda

a su gran bienhechor, y al punto siente

purificar sus venas

el destinado bálsamo; tú entonces

de ardor más generoso el pecho llenas,

y, obedeciendo al Numen que te guía,

mandas volver la resonante prora

a los reinos del Ganges y a la Aurora.

El mar del Mediodía

te vio asombrado sus inmensos senos

incansable surcar; Luzón te admira,

siempre sembrando el bien en tu camino,

y al acercarte al industrioso chino

es fama que en su tumba respetada

por verte alzó la venerable frente

Confucio, y que exclamaba en su sorpresa:

«¡Digna de mi virtud era esta empresa!»

¡Digna, hombre grande, era de ti! ¡Bien digna

de aquella luz altísima y divina

que en días más felices

la razón, la virtud aquí encendieron!

Luz que se extingue ya: BALMIS, no tornes;

no crece ya en Europa

el sagrado laurel con que te adornes.

Quédate allá, donde sagrado asilo

tendrán la paz, la independencia hermosa;

quédate allá, donde por fin recibas

el premio augusto de tu acción gloriosa.

Un pueblo, por ti inmenso, en dulces himnos,

con fervoroso celo

levantará tu nombre al alto cielo;

y aunque en los sordos senos

tú ya durmiendo de la tumba fría

no los oirás, escúchalos al menos

en los acentos de la musa mía.