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Alfred Nobel

 

ALEGRIA
(FRAGMENTOS)



Mirando al mar, y viéndose en el río
las horas en que lo alza la marea,
al fin del pueblo, entre feraz plantío,
una casa humildísima blanquea.

Compónenla una sala y dos alcobas,
en las cuales, por gala,
de cal consume al año cien arrobas
la mujer que sin tregua las encala.

Mansiones que están siempre en la penumbra.
Pues sólo por la puerta de la sala
entra la claridad que las alumbra.
Se levantan al lado
pajar, cocina, cuadra y cochiquera,
y todo está cercado
por extenso y altísimo vallado
que coronan la pita y la chumbera.

Pero ¡cuánta hermosura allí no mira
quién, como yo, del campo enamorado,
los pormenores rústicos admira!
Allí lechosa y quebradiza higuera
que al suelo tiende su follaje umbrío
y acoge placentera,
en las horas del sol, al averío,
pone el fruto al alcance de la mano;
el vecino azufaifo lo recata
para rendirlo, al fin, como villano,
al varejón cruel que lo maltrata,
y un moral de los dos se enseñorea
que harta de moras y las caras pinta
a todos los chiquillos de la aldea.

Al muro de la casa, cual precinta,
se ciñe floridísimo arriate,
que arisca esparreguera y buen cañizo
libran de todo animalesco embate.
Forma sobre la puerta cobertizo
el parral, rico en hojas y caireles;
de tejas adaptadas a los muros
cuelgan lánguidas matas de claveles,
y el pie aromatizando que la humilla,
del empedrado entre los guijos duros
florece la olorosa manzanilla.
El gorrión, atrevido ladronzuelo,
allí, chillando sin cesar, revuela
de rama en rama y del tejado al suelo;
el pichón, que a su tierna amante cela,
la sigue andando y la persigue al vuelo.

Chacharean sin fin las golondrinas;
hace la rueda y alborota el pavo;
revuélcanse en el polvo las gallinas;
los polluelos, por ver quién es más bravo,
se enredan en terribles sarracinas,
que el gallo viene a terminar al cabo
corriéndolos con miras asesinas;
los patos, cuneándose con gozo,
se congregan al ruido del carrillo,
agua pidiendo en derredor del pozo;
y cuando a tan alegre baturrillo
término dan las luces vespertinas,
comienza el dulce chirrear del grillo,
y vienen al moral los ruiseñores
de las huertas vecinas
a cantar sus ternísimos amores.
JOSE VELARDE