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Alfred Nobel


 

 

 

A JARIFA EN UNA ORGIA

Trae, Jarifa, trae tu mano,
ven y pósala en mi frente,

que en un mar de lava hirviente

mi cabeza siento arder.

Ven y junta con mis labios

esos labios que me irritan,

donde aún los besos palpitan

de tus amantes de ayer.

¿Qué la virtud, la pureza?

¿Qué la verdad y el cariño?

Mentida ilusión de niño

que halagó mi juventud.

Dadme vino: en él se ahoguen

mis recuerdos; aturdida,

sin sentir, huya la vida

paz me traiga el ataúd.

El sudor mi rostro quema,

y en ardiente sangre rojos

brillan inciertos mis ojos,

se me salta el corazón.

Huye, mujer; te detesto,

siento tu mano en la mía,

y tu mano siento fria,

y tus besos hielo son.

¡Siempre igual! Necias mujeres,

inventad otras caricias,

otro mundo, otras delicias,

¡o maldito sea el placer!

Vuestros besos son mentira,

mentira vuestra ternura,

es fealdad vuestra hermosura,

vuestro gozo es padecer.

Yo quiero amor, quiero gloria,

quiero un deleite divino,

como en mi mente imagino,

como en el mundo no hay;

y es la luz de aquel lucero

que engañó mi fantasía,

fuego fatuo, falso guía

que errante y ciego me tray.

¿Por qué murió para el placer mi alma,

y vive aún para el dolor impío?

¿Por qué si yazgo en indolente calma,

siento en lugar de paz, árido hastío?

¿Por qué este inquieto abrasador deseo

¿Por qué este sentimiento extraño y vago,

que yo mismo conozco un devaneo,

y busco aún su seductor halago?

¿Por qué aún fingirme amores y placeres

que cierto estoy de que serán mentira?

¿Por qué en pos de fantásticas mujeres

necio tal vez mi corazón delira,

si luego en vez de prados y de flores,

halla desiertos áridos y abrojos,

y en sus sandios o lúbricos amores

fastidio sólo encontrará y enojos?

Yo me arrojé, cual rápido cometa,

en alas de mi ardiente fantasía

doquier mi arrebatada mente inquieta

dichas y triunfos encontrar creía.

Yo me lancé con atrevido vuelo

fuera del mundo en la región etérea,

y hallé la duda, y el radiante cielo

vi convertirse en ilusión aérea.

Luego en la tierra la virtud, la gloria

busqué con ansia y delirante amor,

y hediondo polvo y deleznable escoria

mi fatigado espíritu encontró.

Mujeres vi de virginal limpieza

entre albas nubes de celeste lumbre;

yo las toqué, y en humo su pureza

trocarse vi, y en lodo y podredumbre.

Y encontré mi ilusión desvanecida,

y eterno e insaciable mi deseo.

Palpé la realidad y odié la vida:

sólo en la paz de los sepulcros creo.

Y busco aún y busco codicioso,

y aun deleites el alma finge y quiere;

pregunto, y un acento pavoroso

"¡Ay!, me responde, desespera y muere.

Muere, infeliz: la vida es un tormento,

un engaño el placer; no hay en la tierra

paz para ti, ni dicha, ni contento,

sino eterna ambición y eterna guerra.

Que así castiga Dios el alma osada

que aspira loca, en su delirio insano,

de la verdad para el mortal velada,

a descubrir el insondable arcano".

¡Oh, cesa! No, yo no quiero

ver más, ni saber ya nada;

harta mi alma y postrada,

sólo anhela descansar.

En mí muera el sentimiento,

pues ya murió mi ventura;

ni el placer ni la tristura

vuelvan mi pecho a turbar.

Pasad, pasad en óptica ilusoria,

y otras jovenes almas engañad;

nacaradas imágenes de gloria,

coronas de oro y laurel, pasad.

Pasad, pasad, mujeres voluptuosas,

con danza y algazara en confusión;

pasad como visiones vaporosas

sin conmover ni herir mi corazón.

Y aturdan mi revuelta fantasía

los brindis y el estruendo del festín,

y huya la noche y me sorprenda el día

en un letargo estúpido y sin fin.

Ven, Jarifa; tú has sufrido

como yo; tú nunca lloras.

Mas, ¡ay, triste! que no ignoras

cuán amarga es mi aflicción.

Una misma es nuestra pena,

en vano el llanto contienes...

Tú también, como yo, tienes

desgarrado el corazón.

JOSÉ DE ESPRONCEDA