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Alfred Nobel

 

VIAJERA

Luís Zalamea Borda



Duendecilla encantada, surgida de los bosques y el ayer:
me invitas a la fuga. Tenemos que viajar.
No importa a dónde sea.
En el vagar hay ansiedad, a veces miel... y siempre espera.
Tuya la miel y la ansiedad. Y yo la espera y el temblor.

Déjame que sueñe, duendecilla: llegarías de incógnita viajera
como surgida de algún rincón de ala transparente
con tu pasaporte sellado de carmín,
huellas de soledad... y ojeras.
Y tu equipaje de pesadumbre y caricias inéditas.

Si pudieras viajar hasta mí de polizón entre los vientos,
te esperaría, siempre te esperaría con las venas alzadas,
al final de algún banco prohibido de ostras celestiales
como huérfano huracán en busca de su vértice y su aya.
Llegarías vestida con el salobre raso de tus poros,
a proa el agresivo andamio de tus senos  (¡Ah suave territoriol)
mientras que del andar de tus caderas somnolientas
desearan los querubes imitar sones, hélices y piruetas.

Viajera eterna. Inconforme quelonia. Luciérnaga andariega.
Te esperaré, siempre te esperaré con el ancla levada.
Allí, en la bahía escondida de nuestro firmamento.
No me dejes tan solo ni tardes en tu viaje.
Ven a nuestra nube parcelada.