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Alfred Nobel

 

Retorno de Electra
(Fragmento)

I

Para poderte hablar,
así, de frente,
tuve que echarme toda una vida
a llorar sobre tus huesos.

Tuve que desandar lo caminado
desnudando la piel de mi conciencia.
Para poderte hablar
tuve que volver a llenarme de aire
los pulmones.

Y cuidar de que no se me encogieran las palabras,
el corazón, los ojos,
porque aún se me deshacen de agua
si te nombro.

Ya me creció la voz, padre, patriarca,
viejo de barba azul y ojos de plomo;
ya te puedo contar lo que ha pasado
desde que tú te fuiste.

Con tu muerte se quebrantaron todos los cimientos;
no me atreví a buscar,
porque no habría
un roble con tu sombra y tu medida
que me cubriera de la llaga de sol en mi verano.

Uní la sangre que me diste a otra sangre;
malherida,
borré la sombra del sexo entre los hombres
y me quedé vacía, a la intemperie.
y no pude decir,
hasta que se hizo carne de mi carne el amor,
lo que era hallar la propia sombra, entregándose.

Después quise ubicarte en mí, te pesé,
te ultrajé, te lloré, medí tus actos;
di vuelta atrás,
y volví a caminar lo desandado;
por eso puedo hablarte ahora, así,
porque entendí tu medida de gigante.

Enriqueta Ochoa

II

No podemos hacer nada con un muerto, padre,
se suda sangre,
se retuerce el aullido, tirado sobre las tumbas,
en un charco de culpa.

Padre, yo soy Pedro y Santiago,
el sable que doblado de sueño
castró su espíritu en tu oración del huerto.
Yo soy el viscoso miedo de Pedro
que se escurrió en la sombra
a la hora de tus merecimientos.

Soy el martillo cayendo sobre tus clavos;
el aire que no asistió al pulmón en agonía;
soy la que no compartió
el dolor anticipado que se encerró a devorarse;
la hendidura irresponsable;
la desbandada de apóstoles.

Soy este pozo de noche en que se hunde la conciencia.
Di, ¿qué se hace con un muerto, padre?
Di cómo lavo estas llagas,
si todo queda inscrito en el tiempo
Y todo tiempo es memoria.

Enriqueta Ochoa

III

Colgábamos de ti
como del racimo la uva.
Cuando la muerte
reblandeció el cogollo de tu fuerza,
presentimos el vértigo de altura y la caída.
Uno a uno,
en relación directa a la pesantez de tu esencia,
descendimos.
Bajo anónimas pisadas me vi saltar la pulpa,
sorprendida.
Y no era orgía de vendimia
ni enervación de culto.
Fue ser la sangre a la sed de todos los caminos,
dejar la piel desprendida
entre un enjambre de alambradas.
Ahora,
para afirmar la talla
con que tu amor me hizo
sólo queda una espina:
la palabra.

Enriqueta Ochoa

IV

Perdón, hermanos,
porque no alcanzo a verlos
ahogada como estoy en mi hoyo
de pequeñas miserias.
¡Mentira que deseo morir!
Antes quisiera conocerlos
sin mi lente deforme.
Quizá los amaría tanto
o más de lo que estoy amando
a mi lastre de lágrimas
en este viaje de niebla.

V

Padre,
no puedo amar a nadie.
A nada que no sea este fuego
de sucia conmiseración
en que se consume mi lengua.
Quiero otro aire.
Otro paisaje que no sean los muros de mi cuerpo.
Emparedada, desconozco el resplandor del centro
y la desnudez de la periferia.
Voy a abrir brecha hacia los dos caminos
y quizá quede atrás
la trampa de la vieja noria.

Enriqueta Ochoa