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Alfred Nobel



 

REGRESO
Manuel Machado Ruíz


Largas tardes campestres; 
alamedas rosadas; 
aire delgado que el aroma apenas 
sostiene de la acacia; 
huerto, pinar... Llanuras de oro viejo, 
azul de la montaña... 
Esquilas del arambre 
y balido, sin fin, de la majada, 
en el silencio claro... 
¡Adiós, adiós! ¡Que la ciudad me llama! 

Maravillosa noche estremecida 
por el rumor del agua 
y el fulgor de los astros 
-imán de la mirada 
perdida en lo insondable 
de la eterna pregunta-. (El grillo canta, 
corre la estrella, el aire 
suspira entre las ramas). 
Sueño tranquilo y sano, 
velado por las plantas 
humildes de la tierra y por el bravo 
eucalipto que asoma a mi ventana... 
Noche de paz y de salud y sueño... 
¡Adiós, adiós! ¡Que la ciudad me llama! 

Allegro matinal, tímida gloria 
y milagro de nácar, 
a las corolas risa, 
trino a las aves y delicia del alma, 
aire en las sienes, despertar, eterna 
juventud -¡oh mañana 
que abres los ojos y las rosas!-, dulce 
y poderosa gracia... 
Mañana de mi huerto, suave y pura... 
¡Adiós, adiós! ¡Que la ciudad me llama! 

¡Me llama la ciudad -que ignora el cielo 
y la tierra y el agua 
y el sol y las estrellas-, 
febril y jadeante, apresurada, 
con su aliento mefítico, 
y su llanto y sus máquinas, 
sonora de metales 
infecta de palabras!