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Alfred Nobel


 

 

PARA UN MENÚ

Las novias pasadas son copas vacías;

en ellas pusimos un poco de amor;

el néctar tomamos...huyeron los días...

¡Traed otras copas con nuevo licor!

Champán son las rubias de cutis de azalia;

Borgoña los labios de vivo carmín;

los ojos oscuros son vino de Italia,

los verdes y claros son vino de Rhin.

Las bocas de grana son húmedas fresas;

las negras pupilas escancian café;

son ojos azules las llamas traviesas

que trémulas corren como almas del té.

La copa se apura, la dicha se agota;

de un sorbo tomamos mujer y licor..

Dejemos las copas...Si queda una gota,

¡que beba el lacayo las heces de amor!

Mis enlutadas

Descienden taciturnas las tristezas

al fondo de mi alma,

y entumecidas, haraposas brujas,

con uñas negras

mi vida escarban.

De sangre es el color de sus pupilas,

de nieve son sus lágrimas;

hondo pavor infunden... Yo las amo

por ser las solas

que me acompañan.

Aguárdolas ansioso, si el trabajo

de ellas me separa,

y búscolas en medio del bullicio,

y son constantes,

y nunca tardan.

En las fiestas, a ratos se me pierden

o se ponen la máscara,

pero luego las hallo, y así dicen:

-¡Ven con nosotras!

¡Vamos a casa!

Suelen dejarme cuando sonriendo

mis pobres esperanzas

como enfermitas, ya convalecientes,

salen alegres

a la ventana.

Corridas huyen, pero vuelven luego

y por la puerta falsa

entran trayendo como nuevo huésped

alguna triste,

lívida hermana.

Abrese a recibirlas la infinita

tiniebla de mi alma,

y van prendiendo en ella mis recuerdos

cual tristes cirios

de cera pálida.

Entre esas luces, rígido, tendido,

mi espíritu descansa;

y las tristezas, revolando en torno,

lentas salmodias

rezan y cantan.

Escudriñan del húmedo aposento

rincones y covachas,

el escondrijo do guardé cuitado

todas mis culpas,

todas mis faltas.

Y hurgando mudas, como hambrientas lobas

las encuentran, las sacan,

y volviendo a mi lecho mortuorio

me las enseñan

y dicen: habla.

En lo profundo de mi ser bucean,

pescadoras de lágrimas,

y vuelven mudas con las negras conchas

en donde brillan

gotas heladas.

A veces me revuelvo contra ellas

y las muerdo con rabia,

como la niña desvalida y mártir

muerde a la harpía

que la maltrata.

Pero enseguida, viéndose impotente,

mi cólera se aplaca.

¿Qué culpa tienen, pobres hijas mías,

si yo las hice

con sangre y alma?

Venid, tristezas de pupila turbia,

venid, mis enlutadas,

las que viajáis por la infinita sombra,

donde está todo

lo que se ama.

Vosotras no engañáis: venid, tristezas,

¡oh mis criaturas blancas,

abandonadas por la madre impía,

tan embustera

por la esperanza!

Venid y habladme de las cosas idas

de las tumbas que callan,

de muertos buenos y de ingratos vivos...

Voy con vosotras,

vamos a casa.

Ultima necat

¡Huyen los años como raudas naves!

¡rápidos huyen! Infecunda Parca

pálida espera. La salobre Estygia

calla dormida.

¡Voladores años!

¡Dado me fuera detener convulso,

horas fugaces, vuestra blanca veste!

Pasan las dichas y temblando llegan

mudos inviernos...

Las fragantes rosas

mustias se vuelven, y el enhiesto cáliz

cae de la mano. Pensativa el alba

baja del monte. Los placeres todos

duermen rendidos...

En mis brazos flojos

Cintia descansa.

MANUEL GUTIERREZ NÁJERA

 

 

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