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Alfred Nobel

 

PARA UN RETRATO DE JULIO CORTÁZAR

 

Predestinado, dios que espía por la lupa misteriada en el tatuaje, ¿quién se empeña en llamar? ¿Una palabra, una huérfana, la pobrecita? Implacable desde el talento hasta el talento, ebrio de insomnio por esa tigra de sed -la imaginación-, conspirante de juegos que suponen la parodia de otros y, más acá del muro, el vasto exilio de Aquel Titiritero sobre las ruinas de la Roma perpetua.

Esta especie tantas veces miserable, ¿te sorprende? Corriendo entre las tumbas me extravío transparente y sin fondo, y es la lluvia quien te sorprende (mientras preparas la cena donde inscribo el arcano como un biombo encendido en el bosque.)

¿Sólo palabras indivisas a las puertas de la feria? ¡Tantas cosas, naturalmente tantas cosas las que donan certitud, Julio, frente al espanto! Pero  -ya se sabe- tu certitud de poesía martillea y se expande con la sangre y el humo de la pasión que llora.

Hambre y amor (amor y hambre) vienen como magnolia negra de toda cercanía cuando escuchas a Billie y a Bird repitiendo -al alba- en aquel Chivilcoy que en el mapa de tu extremado cielo se encuentra tan cerca de París o Buenos Aires, eso de T. S. Eliot que aún me dices entre pesadillas: I feel like one who smiles, and turning shall remark, suddenly his expression in a glass ".

Cielo extremado. Cercano espejo del corazón. Ellos fueron labrándose para la fiesta, la misma que habría de enamorarte como un poema de Pierre Reverdy, como la distante y alta voz de Elvira Ríos.

¿Y quién dijo que en la fiesta del espejo deba huir el amor? ¿Pero quién, quién, quién? Que la Maga me desmienta. Que algún Cronopio narre la infatuación. El sueño -luminar, luminar, luminar- jamás se termina de este lado.

Manuel Lozano Madrid, julio de 2007/Buenos Aires, abril de 2008 -Este texto cerró "El Oro de los Tigres -Comunicación de Autor-", del 1-V-2008,
programa dedicado a Julio Cortázar-