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Alfred Nobel



 

In memoriam
Manuel Lozano

I

¿El verbo y el hambre son teatro
que desencastra en música hacia nadie?
Alcoholes de un barniz fosforescente,

babas de la placenta,
piojos de la razón
decían

nadie es el fuego
nadie es el fuego

La breve edad raspa lo humano.
Ahora tiemblas desnudo con mi nombre.
Éste es el camino que te negó la sombra.
Memorias del corazón, la calle,
el enjambre de testigos invisibles,
gastan su fiebre y su desierto.

¿Por dónde irán las sobras de la herida
para buscar el tatuaje sumergido
en la escarcha de un mágico invierno
entre esas tribus que no te sospechaban?
Los jinetes se suicidaron allí.
Las telarañas mordieron
en el festín de los abatimientos
cada mantel de sangre.


II
¿Cómo se borra el yo en este laberinto
donde los ojos de Jesús ya se han secado?
¿Dónde aquel Juan de los jardines sobrenaturales
nadando en las alturas su velo negro?


III


Los hocicos desentierran plantas calientes.
Marcas de ácido hurgarás en tu mansión,

antiguas coronas del granizo de la trampa.
Le dabas la vida.
Le enumerabas el fracaso, noche a noche,
con ángeles de Migne y de Papini.


IV


Ya llega el ultraje.
Hierve el silencio,
¿boca estrellada contra las apariciones?

¿Quién dirá que no aúlla?


V

Ya llega el ultraje.
Ya llega el ultraje.
Los hierros exploran
inútilmente las vísceras.


VI


Progenie de lobas
no le preocupa el mar cayendo
hasta el vacío de la anunciación

te arrojan a la transparencia
el aire fue hielo ¿fue luz?
el fuego no tiene orillas
donde lamerte


Sequía
donde estallar en frío de almizcle,
me pregunta por los abismos del amor.
La hermosa clava su plumaje en la llanura.

Díselo.
En ese desván suplicaste una jaula.
¿El gesto, su nombre, un delirio de cosméticos?
Hambre sobre el verbo,
sacratísima hambre
sobre la carne viva.


Buenos Aires, diciembre de 2001