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Alfred Nobel

EL VESTIDO DE VALERIA

Tararí, tachín, tachín, tachín!!!!

El circo irrumpió en el barrio con su luminoso cascabeleo. Y ya no hubo paz para Valeria.

Primero fue la banda con ese tambor que ella miraba desde abajo; y esas cornetas

-¡Tararí ! - relucientes, con flecos rojos y los platillos: ¡Tachín, tachín !. Más atrás el elefante disfrazado de rey, y en su lomo un monito con cascabeles...¡ Y todos con esos uniformes tan llenos de botones dorados!.

Se instalaron en su cuadra, dos casas más allá de la suya en el baldío y ella vivió todo el ajetreo preliminar a la función.

Enterraron los postes, levantaron las carpas, colocaron las gradas. Golpeaban y clavaban; daban gritos y corrían y se enojaban.

Luego pusieron el aserrín sobre la pista. Los chicos del barrio miraban y miraban; y Valeria, contenía la respiración agitada.

Valeria se enamoró perdidamente del circo y el día de la primera función fue el más feliz de su vida. Apagaron las luces. Los tambores empezaron a tocar suavecito...y mientras alguien anunciaba no sabía qué, un reflector dirigió su luz rosada hacia arriba.

A partir de eses momento todo fue un sueño. La trapecista se hamacaba, volaba, bailaba en el aire. ¡Qué hermosa era!.¡Etérea como una mariposa!. Ese día lo decidió: cuando fuera grande...¡sería trapecista!.

Durante dos meses Valeria vivió la fiebre del circo. Conoció a Betita, que era la hija del dueño del circo, y hacía pruebas en una alfombra roja. Cuando Valeria le preguntó por qué no era trapecista como la hermana, Betina respondió:

- Es que no tengo el vestido ..¿sabés?.

Se contaron todos sus secretos, se mostraron sus cosas... Valeria le enseño+o el vestido nuevo que le hicieron para su cumpleaños. El vestido celeste, ancho y fruncido, salpicado de puntitos brillantes. ¡tan bonito!. Betina quedó arrobada al verlo.

-Se parece al de mi hermana....

Primero se lo puso Betina; corrió unos pasos saltaditos, como hacía su hermana al salir a la pista, saludó graciosamente con la mano.

Después se lo puso Valeria y repitió la escena. Y sintió los tambores suavecito... Valeria hecha luz, Valeria hecha Sol; Valeria allá arriba; Valeria en el aire, uno, dos y tres. El trapecio es blando y el aire algodón. Valeria girando...Valeria...

- ¡ Valeria !. ¿ Vamos a jugar ?.

La voz de Betina le hizo ¡plop ! el sueño. Su sueño...burbuja de jabón-

- ¿Tu hermana querrá enseñarme a hacer pruebas en el trapecio?

- ¡ Claro que si ! Total ya tenés el vestido....

Ese día quiso más que nunca a Betina. En los días siguientes planearon todo: Valeria se iría con el circo.

Planearon tantas y tantas cosas... Un día ella volvería con el circo y todos irían a verla. ¡ Papá y mamá se pondrían muy orgullosos!

Cuando llegó el tan esperado día, Valeria entró corriendo en la cocina, y declaró triunfante:

- ¡Voy a ser trapecista!

- ¿Ah, si?, que bien. ¿Y dónde, si se puede saber?.

- ¡En el circo de Betina!.

Luego hizo un paquete y salió corriendo. Sin saludar, porque si le daba un beso a su mamá, seguro iba a llorar.

Betina la esperaba. Qué triste estaba el baldío...Todo era diferente. Ni la banda, ni los uniformes. El elefante tenía puesta una manta marrón, y el monito, de la mano del payaso sin un solo cascabel. Valeria apretaba el paquete contra el pecho que le hacía toc-toc muy fuerte.

- Vení, te voy a esconder en el carromato; después mi papá no dirá nada.

Pero Valeria no escuchaba. Tenía la boca seca y estaba muy, muy asustada.

- ¡Apuráte, vamos a salir!.

Pero Valeria no se movió.

- ¿No querés venir con nosotros? - preguntó Betina.

Valeria le dijo que no con la cabeza, no podía hablar...

Betina la abrazo fuerte.

El circo se puso en marcha, silenciosa, lentamente...

Cada vez se alejaban más. Iban llegando a la esquina...pronto doblarían. Valeria apretaba el paquete contra el pecho. De pronto empezó a correr tras la caravana.

- ¡Betina!. ¡Esperáme!.

El camión se detuvo.

Valeria, jadeante, le alcanzó el paquete con el vestido.

- Llevátelo. Así podés subirte al trapecio, ¿sabés?.

Ahora se sentía más liviana. Se sentía, también un poco sola, un poco triste. Con los bracitos lacios a los costados sin saber que hacer.

Cuando el último camión dobló la esquina empezaba a anochecer.

Al pasar por el baldío se detuvo. Le pareció ver de nuevo el querido trapecio. Cerró los ojos. Otra vez las campanillas le cosquilleaban por el cuerpo. El tamborcito sonaba suavecito...y el trapecio allá arriba...¡Y en él Betina!. ¡Betina con su vestido celeste!.

Betina, ¡ mariposa almidonada!. Betina ya podía ser trapecista.