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Alfred Nobel

 

1951: El mundo donde nació 'El Ciervo'
Los tranvías vacíos

Rafael Abella - 1917
Historiador

El invierno 1950-51 había sido muy crudo. Un año más, el país soportaba las penurias derivadas de nuestra posguerra, del escuálido racionamiento –en vigor desde 1939– y de una política autárquica insensata acentuada por el aislamiento internacional, base del mercado negro y de su manifestación más popular, a la que llamaban estraperlo.
El único síntoma esperanzador era el progresivo retorno de los embajadores, tras la retirada recomendada por la ONU como sanción al régimen de Franco, en 1946.
La Guerra fría, entre el mundo capitalista y el comunista, había empezado a entrar en fuego en 1950, en la lejana Corea. Era fácil vaticinar que en el mundo que se perfilaba, nuestra situación geoestratégica y nuestro anticomunismo iban a pesar más que el carácter totalitario del régimen político. El nombre de míster Marshall y su futuro plan iba a convertirse en la ilusión de un pueblo hambriento, cuya renta per cápita había descendido a un nivel inferior al de 1935.
Pero el descontento y la hartura motivada por las privaciones estaba poniendo a prueba el aguante de un pueblo al que, tal vez, sólo le faltaba esa gota capaz de hacer rebosar el vaso de la paciencia. Y la gota llegó, en forma de un aumento en la tarifa de los tranvías, en la ciudad de Barcelona. Una subida de 20 céntimos provocó una espontánea reacción abstencionista entre los usuarios del tranvía, hasta convertirse en una huelga general de viajeros. La gente, en un admirable movimiento de solidaridad, se desplazaba a pie a sus lugares de trabajo. El espectáculo de ver circular a los tranvías vacíos era impresionante. La impotencia de la autoridad, ante aquella unanimidad ciudadana, era palpable. El pulso finalizó dejando la Compañía de Tranvías sin efectos la subida.
Era la primera vez en la España de Franco que una acción ciudadana había triunfado. Tanto fue así que el éxito animó a convocar un paro general en protesta por el coste de vida. La extensión de los sucesos forzó al gobierno a tomar medidas drásticas. La Guardia Civil ocupó prácticamente la ciudad y la iniciativa se atribuyó a instigaciones “judeomarxistas”.
El conflicto de Barcelona actuó sobre el gobierno de Madrid aunque con la lentitud que era proverbial en la toma de decisiones del franquismo. En julio de 1951 hubo cambio de gobierno, destacando la presencia en él de personalidades moderadas como Ruiz-Giménez, aperturistas en lo económico como Arburúa y creando el ministerio de Información y Turismo que fue a parar a don Gabriel Arias Salgado, que enunció las bases de su política así: “Toda la libertad para la verdad: ninguna para el error”. Es lo que se llamó la doctrina franquista de la Información.
Un fenómeno que empezó a hacerse ostensible aquel año 1951 fue la presencia de turistas. Según una estadística hecha pública el año anterior, habían visitado España 700.000 extranjeros. Para 1951 se esperaba llegar al millón y medio. Su presencia causó cierta conmoción por la ligereza de su atuendo y la libertad de sus costumbres. Tan fue así que por ser Cataluña la región de mayor afluencia por su condición fronteriza, el obispo de Barcelona, doctor Modrego, creyó necesario emitir una admonición pastoral en la que advertía: “Ante la aparición de modas exóticas e inmorales, traídas por extranjeros con indumentaria que no osamos describir, porque no hallaríamos manera de hacerlo sin ofender vuestra modestia, vuestro prelado se ve en la obligación de poner a los feligreses en guardia, frente a personas cuya conducta es doquiera gravemente pecaminosa a juicio de cualquier moralista, por laxo que sea, y entre nosotros, además, pecado de escándalo y ofensa e insulto al pudor cristiano de nuestro pueblo”.
¿Quién hubiera predicho que la salida a nuestra miseria económica vendría de la afluencia en millones de personas de aquellas gentes con liviandad de costumbre y descoco vestimentario?
En la sociología de aquel largo estacionamiento, cine, fútbol y canciones constituían la evasión a la problemática cotidiana y al no encontrar vivienda que era la pesadilla nacional. Aquel año frente a la acartonada producción fílmica nacional, entregada a loar a La Leona de Castilla o a cantar el Alba de América, una película de Nieves Conde Surcos –fruto esporádico de una tímida apertura– descubría una realidad nacional sórdida e indigna. En el deporte balompédico, 1951 fue el año en que el Fútbol Club Barcelona fichó a un jugador excepcional, Ladislao Kubala, lo que hizo ganar al club dos ligas seguidas. Y los aparatos de radio como válvula de escape casero a la mediocridad ambiental no cesaban de lanzar al aire las notas de “Angelitos Negros”, “Tengo miedo torero”, “Cerezo rosa” “Olé torero” en las voces de Antonio Machín, Luisita Calle, Pérez Prado o Luis Mariano. Discos dedicados y seriales radiofónicos como “Ha desaparecido un collar” eran recursos para albergar una evasión difícil en unos tiempos opresivos.
Tendría que llegarse a 1952 para que al cabo de doce años la España de Franco diera el primer paso a un síntoma de normalidad: la supresión del racionamiento que nos condenaba al hambre desde 1939.