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Alfred Nobel

 

ALGO MÁS QUE PALABRAS

LA VERDAD FALSEADA

 

La verdad es lo que es, y sigue siendo verdad aunque se piense al revés, puso en boca Machado para todos los aires. En verdad, la verdad falseada o falseada la verdad, se acrecienta la desunión, resulta más difícil unirse, reunirse y juntarse –como dice la canción- pechito con pechito. Que se lo digan a los enamorados. Cuando se pierde la confianza recíproca, después de haberse dejado ganar por la mentira, nadie se fía de nadie. Unas sustanciosas declaraciones de Magris pronunciadas en Oviedo, con motivo del ciclo de debates con el que se conmemora el XXV aniversario de los honorables premios Príncipe de Asturias, nos pone en el camino de la reflexión. Subraya que el primer problema al que se enfrenta la información actual es el de la “verdad falseada”, a la que, -dijo-, se puede llegar por distintas vías, como por ejemplo “la alteración de la jerarquía de valores”. Ciertamente las ofensas a la verdad están a la orden del día. Son, en verdad, empachosas las ensaladas de falsos testimonios y perjurios que se oyen. El respeto de la reputación de las personas poco importa. La maledicencia y la calumnia se han puesto tan de moda, son tan permisibles, que medio mundo hace juicio y enjuicia a su manera al otro medio.

Mal negocio es avivar diabólicas atmósferas bajo el fermento de la falsedad. Peor aún, falsificar sistemáticamente la verdad, propiciar simulaciones e hipocresía a raudales, huir y alejarse de la rectitud, sinceridad o franqueza. Todo esto conlleva tormentos y nulas grandezas. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, la burla y el gesto desafiante toman posiciones. Suelen posicionarse desde su propio caldo de cultivo, los ingredientes de vanagloria o jactancia, la ironía malévola. Me sirvo indicar algunos ejemplos. El fenómeno del terrorismo se impregna de mentira y tiene necesidad de mentir, a fin de asegurarse una cierta comprensión y respetabilidad en la opinión de las gentes, mediante justificaciones totalmente mezquinas ¿Qué decir de la actual práctica de algunos políticos, dispuestos ellos a etiquetar a quienes no comparten las mismas ideas, para mejor combatirlos o exiliarlos al silencio, que considerarlos enemigos acérrimos, atribuyéndoles en ocasiones una buena ración de juegos sucios, estigmatizándolos como agresores del bien común si es necesario, mediante una mentirosa y solapada propaganda hábil y continua? En la base de todas estas farsantes formas de mal estilo y bajo gusto, alimentándolas y alimentándose de ellas o alentándolas y alentándose en ellas, hay una concepción errónea del ciudadano como ser humano y de sus dinamismos constitutivos como persona.

La primera mentira, la falsedad más viva del momento presente, es la de actuar con poca transparencia, con cartas marcadas y secretismos de abuela. Lo de instaurar la verdad en un mundo de mentira, aunque se pide a gritos, es como buscar una aguja en un pajar. Oiga, pero a veces se encuentra. Pasa por restaurarla, conjugando los actos y a las acciones en su realidad semántica. Hay que llamar por su nombre la violencia que se soporta en las calles y liberarla con la asistencia educativa precisa. Con el puño en alto nadie gana. Y por su atormentador apellido, también a los torturadores hay que nombrarles, a todos aquellos enjambres que ejercen todavía la opresión y la explotación sobre el débil. Hay que llamar por su verbo la exclusión, algo que en democracia es conjugación prohibida. Conviene recordar que es el gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo. No es el mutismo, lo demócrata, es la luz con que se exponen los problemas y la existencia de medios claros para resolverlos. De igual modo hay que llamar a los adjetivos para que adjetiven la justicia y la libertad con reparto equitativo. Hay que hacerlo para llamar a la conciencia, con el permiso de la palabra que sale de adentro, para que así se fomente un cambio de actitudes y de mentalidades; y, como no, igualmente para dar a las naciones la paz que todos nos merecemos.

Promover la verdad como fuerza de unión es un esfuerzo que bien merece la pena ponerse manos a la obra. La sinceridad, en un ambiente en que la verdad a veces está ausente hasta en nosotros mismos, no es tarea fácil. Necesitamos la presencia de doña Verdad como artículo de diálogo, por muy verdad de Perogrullo que nos parezca. La evidencia salta a la vista. Es imposible consenso alguno cuando reina la incertidumbre, la duda o si todo se mueve bajo la sospecha. Si queremos verdaderamente progresar en la proclama de la identidad histórica y en el ejercicio del derecho al autogobierno que la Constitución reconoce a toda nacionalidad, lo que hoy tanto nos afana y desvela, antes hemos de ahondar bastante más en cada cual con cada uno y reencontrar ese espacio de unidad indisoluble, más allá de las divisiones que constatamos en nosotros y entre nosotros mismos. Esta laboriosa búsqueda de la universalidad, en una sociedad divorciada de la verdad, exige sabiduría que mane del alma, razón de luz, porque hasta las fronteras son falacias emanadas de un interés impuro y capitalizado.

En ese clarear hemos de estar todos, con nuestros axiomas de la mano, postulados y perogrulladas propias de humanos. Por ello, no es cuestión tampoco de desacreditar por norma y de manera radical al adversario que piensa distinto. Todos, al fin y al cabo, nos creemos una verdad. En cualquier caso, la persona crecida de corazón sabe reconocer la parcela de autenticidad que hay en toda actuación humana por muy escasa de principios que nazca. Ya lo dijo Jacinto Benavente: La peor verdad sólo cuesta un gran disgusto. La mejor mentira cuesta muchos disgustos pequeños y al final, un disgusto grande. Pues eso, aunque duela la verdad, el que la lleva consigo como dama de verso en pecho, oración de Gloria Fuertes, no debe temer jamás que a su lengua le falte lenguaje de persuasión para desembarazar el embarazo de mentiras que nos besan los labios a diario.


Víctor Corcoba Herrero
corcoba@telefonica.net