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Alfred Nobel

 

ALGO MÁS QUE PALABRAS


APUESTA POR UNA SOCIEDAD CULTA


Durante este mes, los actos de clausura de cursos académicos, están a la orden del día. Los de enseñanza, tal y como está el patio de revuelto, debieran ser preferentes. Considero que la educación debe recuperar con urgencia su protagonismo de formación integral, al igual que la autoridad como transmisora de saberes y valores, desde el consenso de posturas, en favor de la libertad e igualdad de todos, que conlleva la aceptación de la pluralidad y la interculturalidad. Para tomar el aire vivificador educativo, tan vital para la convivencia, decidí empaparme de juventud ilusionada, que ha decidido ser maestra/o, a pesar de tantas contrariedades, generadas por los distintos gobiernos de las disgregadas autonomías. Olvidan los políticos que, con la educación, no se juega a intereses partidistas. Nadie me negará que los cambios en las sucesivas leyes sobre la educación, estén produciendo gran incertidumbre y desasosiego.

Ciertamente, la educación, es como nuestra brújula para orientarnos en la vida, una necesidad social y una exigencia para crecer. Por tanto, una diabólica instrucción es nefasta para la integración del ser humano en esa diversidad que nos ha tocado vivir y que ha de ser valorada como fuente de enriquecimiento recíproco. Ante una sociedad, movida en la crispación y descorazonada, un buen rol de progreso será la de contribuir, todos a una, en proyectos comunes (no separadores) de convivencia. A mi juicio, además, se han fomentado aprendizajes educativos, bajo un sistema en el que ha prevalecido la idea de que el conocimiento debe ser “construido y recreado”, más que “enseñado y asimilado”, olvidando que una formación sólida se adquiere con esfuerzo, bajo la continua tarea y el apasionante trabajo que es el estudio, a través de conocimientos troncales (hetero y autoeducación reunidas), lo que ha dado lugar a personas flexibles, de fácil adaptación a los cambios, pero sin capacidad de discernimiento.

Añadido a lo anterior, la realidad nos dice, que nuestros pueblos y ciudades son puntos de encuentro con otras culturas, procedentes de los lugares más diversos. Preservando nuestro rasgo cultural, hemos de dar respuesta a la problemática social que genera la llegada masiva de inmigrantes de las distintas nacionalidades, a los que hemos de acoger. Este hecho supone la necesidad de que los gobiernos se planteen atenciones educativas especiales a familias inmigrantes, tanto a sus hijos como a los progenitores, teniendo en cuenta que en la mayoría de los movimientos migratorios subyace una fuerte depresión socioeconómica, por lo que debe cuidarse la atención especial. Al respecto, los jóvenes maestros comentaban entre ellos, el deseo apasionante de la educación, su vocacional entrega, la aspiración de profundizar en contenidos que abarquen aspectos tales como aprender a ser, aprender a hacer, aprender a pensar y aprender a convivir.

Por desgracia, la escuela española ha perdido muchos trenes, incluido el de la integración que no se puede llevar a cabo, porque se necesitan más equipos humanos para los servicios de orientación y apoyo, sobre todo en aquellos lugares con afluencia importante del alumnado inmigrante. Así el clima de convivencia no puede mejorar. En esto, como en casi todo, hace falta la implicación y coordinación de todos los agentes sociales significativos. Todo lo contrario a lo que se percibe en el área docente, mientras el Estado camina por un lado, la Comunidad Autónoma lo hace por otro, en total descoordinación con las demás Autonomías que no sean de su misma corriente política. En medio de todo este embrollo, están los Ayuntamientos, incapaces y torpes en el logro de un cierto equilibro poblacional que evite la formación de bolsas de marginalidad, y así poder avanzar mejor en la tarea educativa.

Viendo a estos jóvenes diplomados, escuchándoles hablar, oyendo sus enormes ganas de trabajar en las escuelas, uno realmente siente pena de que se encuentren con un sistema de enseñanza que no sitúa la acción educativa como algo prioritario, con proyectos reales que se puedan llevar a cabo, estructurados para cada lugar, coherentes y unidos, capaces de cuidar la educación armónica de todos sus alumnos, haciéndola extensiva (y comprensiva) a las familias. En contraposición a la alegría de los nuevos maestros, algún docente mayor en los pasillos, junto a otros compañeros de su misma quinta, comentaba el clima de cansancio pedagógico que llevaba consigo, (más de uno parecía tener el síndrome del quemado), sumado a la creciente dificultad de hacer compatible lo de ser profesor con ser educador.

Para colmo de males, hoy se va extendiendo la tendencia a delegar el primordial deber educativo de los padres, alegando falta de tiempo, para invertirlo en lo productivo, cuando lo verdaderamente fructífero es la educación de los hijos. Para mayor desdicha, son muchos los niños que crecen sin familia, o entre otras uniones interesadas, donde unos ponen verdes a los otros y los otros a los unos, delante del chaval. Ante tal desolador panorama, difícil lo tienen los maestros para asentar orden y concierto, en un ser en formación que vive en el desorden y en el desconcierto. En cualquier caso, la nueva promoción de jóvenes maestros, dejó refrendada la esperanza, mediante el juramento a coro: “reivindicar con coraje/ una sociedad culta”. Con ese buen propósito me quedo.


Víctor Corcoba Herrero
-Escritor-